sábado, 21 de febrero de 2015

John Locke: "La Racionalidad del Cristianismo"; Tolerancia, Religión y Política

Su legado



John Locke (1632-1704) fue un afamado filósofo y médico británico considerado uno de los pensadores más influyentes en la llamada Ilustración y uno de los filósofos más importantes e influyentes de todos los tiempos.

Considerado el padre del empirismo filosófico, es uno de los máximos representantes de la escuela empirista, junto a Francis Bacon. En contraste a los postulados filosóficos de Descartes, Locke insistía en que el conocimiento es determinado esencialmente por la experiencia, y por esto introdujo el concepto de "tabula rasa", que desafiaba el "innatismo" o la idea de que nacemos con ideas previas en nuestra mente. 

Es también una de las figuras más importantes de la filosofía política, donde se le considera padre del liberalismo clásico. En este campo, contribuyó de manera importante a la consolidación del republicanismo clásico y la teoría del liberalismo, que reafirma la libertad e igualdad de los seres humanos. Asimismo, habló de las limitaciones del estado sobre las decisiones personales de los civiles, y desarrolló y promovió los conceptos de derecho natural, derechos de vida, derecho a la libertad, derecho a la propiedad y derecho a la libertad religiosa. 

En la sociología y en ciencias políticas, se estudia con especial atención la relación que tiene con la teoría del contrato social y las ciencias jurídicas, además de la gran influencia que tuvo en otros teóricos y filósofos posteriores, en la Ilustración y en la declaración de Independencia de los Estados Unidos, como avance de la democracia.

Sus principales intereses filosóficos abarcarían los temas de la epistemología o teoría del conocimiento, la ontología, la metafísica, la filosofía de la mente, la filosofía moral, los derechos civiles, la economía, la educación y la teología. No obstante, en la filosofía de la ciencia mucho se le debe a su obra. 

Por otro lado, en psicología, se lograron avances a partir de su pensamiento sobre la cognición; y en la medicina, se han reconocido sus contribuciones al enfoque pediátrico y al cuidado de la salud infantil (siendo incluso reconocido por William Osler).

Aunque de forma más personal, también estudió otras materias que llamaron su atención, incluyendo las matemáticas, la astronomía, la física, la historia, las lenguas hebrea, griega y árabe, la filosofía natural, la botánica y la química (Aldrich, 1999:3). Naturalmente, Locke miembro de la Real Sociedad de Londres, la organización científica más importante de su época.


Su vida y obra
en contexto cultural

Locke fue el hijo primogénito de una familia puritana que solo tuvo dos hijos. Su hermano murió de tuberculosis cuando era pequeño. Su padre, que era abogado, procuró mucho la educación del joven, quien fue enviado a la Westminster school, y más tarde al colegio Christ Church de la Universidad de Oxford. Allí fue un buen estudiante, aunque, insatisfecho con el curriculum institucional que imponía el estudio de los clásicos, comenzó a leer a René Descartes, e influido por su amigo el médico Richard Lower (1631-1691), comenzó a interesarse por la medicina y por la filosofía experimental.

Habiendo estudiado con científicos de la talla de Robert Hooke, Thomas Willis, Richard Lower y Robert Boyle, recibió un grado universitario (bachelor degree) en 1656; otro (un master's degree) en 1658 y obtuvo un título en medicina en 1674. 

En los tiempos de Locke, la monarquía de la Gran Bretaña estaba siendo disputada. Diversos bandos perpetuaron una guerra civil con la que buscaban distintas formas de organizar el sistema político. La guerra entre "realistas" y "parlamentarios" se extendió hasta la década de 1654, fecha en la que Oliver Cromwell, dirigiendo un protectorado, comenzó una serie de reformas constitucionales que presuntamente serían sostenidas por un parlamento. Pero, dado que Cromwell disolvió el parlamento un año después, el 1er Earl Anthony Ashley Cooper y otros personajes lucharon por traer de regreso al desterrado Carlos II, quien restablecería la monarquía real en 1660. 

En 1666, Locke entabló una amistad con Cooper, quien, impresionado con la persona de Locke, le instó a volverse parte de su equipo de trabajo. En busca de una carrera profesional en el campo médico, el siguiente año, Locke se volvió el doctor personal de Lord Ashley, a quién más tarde canalizaría a someterse a una cirugía por una infección de hígado que amenazaba la vida del Earl. Más tarde, Locke continuó con sus estudios médicos bajo la tutela de Thomas Sydenham, prominente creyente intelectual que influyó en la filosofía natural del pensamiento del filósofo. Sin embargo, a la par, también fungió como Secretario del Consejo de Comercio y Plantaciones de Inglaterra, en un periodo en el que conformó sus ideas sobre comercio internacional y economía, y además, fue influido por los escritos sobre libertad que había publicado el político presbiteriano y famoso poeta John Milton.

Sin embargo, en medio de esto, habían distintos personajes que manifestaban su creciente intolerancia civil. Figuras políticas que se adherían a la Iglesia Católica, disputaban con figuras políticas que se adherían a la Iglesia Anglicana, ambos bandos queriendo obtener ingerencia sobre el trono de Inglaterra.   La muestra evidente fue el mismísimo reinado de Carlos II, quien firmó el Tratado de Dover, un pacto con Francia con el cual se comprometía a restablecer el catolicismo en la corona de Inglaterra. Pero un par de años después, se efectuaron los Test Act, o decretos que establecían que solamente aquellos que juraran lealtad a la Iglesia Anglicana podrían obtener puestos y empleos públicos. Este decreto desfavorecía a los católicos y a los cristianos no-anglicanos, pero eventualmente, se levantaron los decretos, y más tarde, Carlos II se convirtió al catolicismo, favoreciéndolo políticamente hasta el final de su reino.


Descontento con lo que ocurría, Cooper buscó la forma de tomar parte en la mejora de las condiciones de su nación. En 1667, Locke se involucró en la discusión pública sobre filosofía política, al difundir, a sus 30 años, un famoso "Ensayo sobre tolerancia". 

En 1672, Cooper formó parte en la fundación del movimiento político whig y obtuvo un puesto político, lo cual, sirvió de preámbulo para que Locke incursionara en la política el mismo año. Pero en 1675, Cooper perdió tanto la simpatía pública como su puesto, y Locke fue contratado para acompañar a Caleb Blanks a Francia, donde trabajaría como su tutor y asistente médico

Al regresar a Inglaterra en 1879, el filósofo comenzó a escribir sus "Dos tratados sobre el gobierno civil", en los cuales, atacaba el patriarcalismo o la monarquía absoluta que sus compatriotas Filmer y Hobbes habían defendido, e introducía fundamentos teóricos para la organización de una sociedad civil sostenida por derechos inalienables y acuerdos sociales entre todos sus miembros. Estos tratados serían publicados una década después, de forma anónima.

Después de un intento fallido para derrocar al rey Carlos II de Inglaterra, el movimiento whig fue visto como una de las amenazas que aún subsistían el antagonismo, por lo cual, el rey declaró que el Earl Ashley era una persona peligrosa e indigna de confianza, y éste fue exiliado. Locke, quien era su estrecho colaborador, también salió del país en 1683, y vivió en Holanda durante cinco años y medio. Desde allí, hizo mejoras a su Ensayo y se dedicó a escribir, entre tanto, su famosa "Epístola de Tolerantia" (o Carta sobre tolerancia), obra que salió a la luz en 1685, en latín, y luego fue traducida al inglés. Además de esto, Locke conoció los escritos de Justo Lipsio, Pico della Mirandola, Giacomo Aconcio, Fausto Socino y W. Chillingworth, y redactó otras tres cartas sobre asuntos civiles, en 1690, 1692 y 1702 respectivamente.


Con la destitución del católico Jacobo II, en el tiempo de la Revolución Gloriosa (1688), el protestante Guillermo III de Inglaterra ascendería al trono. Sin que hubiera derramamiento de sangre, se permitió que Jacobo II escapara a Francia, mientras que la hija de Jacobo, Maria II, esposa de Guillermo, fue escoltada por John Locke para asumir la Corona después de firmar una Declaración de Derechos impuesta por el Parlamento, con la cual, se comprometían a respetar el acuerdo.

Vino entonces un periodo en que publicó múltiples obras de importancia histórica. Uno de ellos fue el Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) que abordaba una epistemología, o ciencia del conocimiento, que sería más desarrollada por el apologista cristiano George Berkeley, y que seria complementada con el escrito póstumo La conducta del entendimiento (1706).  

Locke aprovecharía para publicar sus Dos tratados, su Epístola, y Algunos pensamientos sobre la educación (1693). Este último, era un escrito pedagógico donde plantea una teoría de la mente que sería un punto de referencia en los siglos posteriores. 

Locke nunca se casó ni formó una familia, pero entabló una fuerte amistad con la filósofa cristiana Damaris Cudworth Masham, quien lo recibió en casa en la ciudad de Essex. En adelante, Locke se volvió la principal figura intelectual de los whigs, entabló diálogos con el escritor John Dryden, y mantuvo una correspondencia y amistad nada más y nada menos que con Isaac Newton.

Su fe cristiana: extractos


En la segunda mitad de su vida, Locke se dedicó a realizar estudios bíblicos a fondo. Entre sus prolíficos manuscritos, diarios, cartas y notas escritas antes, durante y después de esa época, se tienen documentados numerosos comentarios sobre temas teológicos y religiosos, tales como:
Algunos de estos textos son citados y recopilados en obras biográficas que tratan la influencia que la religión cristiana y la fe bíblica tuvieron en el pensamiento del filósofo (véanse: Locke, 1834; Nuovo 1997, Nuovo, 2000, Nuovo, Locke, 2002; Parker, 2004; Cason 2011, Nuovo, 2015).

Sin embargo, en 1695, Locke publicó su máxima obra religiosa y apologética, titulada "The Reasonableness of Christianity: As Delivered in The Scriptures" (en español: 'La Racionabilidad del cristianismo: Como se emite en las Escrituras', también conocida como 'Una vindicación de la racionabilidad del cristianismo, escrito en defensa de la autoridad divina y base racional de la fe cristiana. 

Con todo, sus obras más conocidas y difundidas también contienen, en muchas ocasiones, una dosis muy alta de espiritualidad y, en general, muestras muy explícitas de su fe en Dios...

1. Ensayo sobre Tolerancia (1666/1667)


Una de las obras tempranas en las que John Locke plasmó su fe cristiana es su Ensayo sobre la tolerancia (originalmente titulado "An Essay Concerning Toleration"). En la primera parte, el filósofo hablaba del problema de dos extremos en materia civil: la pérdida absoluta de la libertad, y la obtención absoluta del libertinaje. Aludiendo a lo que lo que la Biblia dice acerca del tema y haciendo eco de que "los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo", Locke escribía:
"En la cuestión de la libertad de conciencia que durante estos años ha sido tan debatida entre nosotros, una cosa que ha confundido principalmente el asunto, mantenido la disputa y aumentado la animosidad, ha sido, según pienso, que ambos bandos, con igual celo e igual desacierto, han tratado de extender demasiado sus pretensiones: el uno ha predicado la obediencia absoluta, y el otro, la libertad universal en materias de conciencia, sin mostrar los límites de la imposición y la obediencia. 
Para aclarar el camino de esto, voy a proponer como fundamento de la discusión esta proposición que pienso que no podrá ser cuestionada ni negada. A saber: Que toda la confianza, fuerza, y autoridad que se depositan en el magistrado le son concedidas con el sólo propósito de que las use para el bienestar, la preservación y la paz de la sociedad que tiene a su cargo; y que por lo tanto, ésta y sólo esta ha de ser la norma y medida según la cual debe ajustar y proporcionar sus leyes y modelar y enmarcar su gobierno. Pues si los hombres pudiesen vivir juntos apacible y tranquilamente sin estar unidos bajo ciertas leyes, no habría necesidad de magistrados ni de política, cosas que sólo fueron hechas para proteger a los hombres del fraude y de la violencia entre unos y otros; de tal manera que lo que fue el motivo de erigir el gobierno debería ser la norma y medida de su modo de proceder"  [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Una de las tesis ligadas al principio de equidad que profesaba Locke, es que todos los humanos fueron creados igualmente libres, y que, por lo tanto, los magistrados necesitaban del consentimiento de la gente para gobernar (Waldron 2002:136), lo cual es uno de los fundamentos de la democracia. Por esto, mostró su desacuerdo tanto con los que alegaban que la monarquía era de "derecho divino", como con los que alegaban que el gobierno debía resolver todos los problemas de la gente. A ambos bandos, Locke escribió:
"Si lo que entiende por monarquía de derecho divino no es una monarquía absoluta, sino una monarquía"limitada... deberían mostrarnos los estatutos venidos del cielo y dejarnos ver los documentos en los que Dios ha dado al magistrado el poder de hacer cualquier cosa, pero sólo si está dirigida a la preservación y el bienestar de sus súbditos en esta vida; sino, que nos dejen creer lo que queremos... 
Hay otros que afirman que todo el poder y autoridad que el magistrado posee se deriva de la concesión y consentimiento del pueblo, y a éstos les digo que no puede suponerse que el pueblo daría a uno o más de uno de sus prójimos una autoridad sobre ellos a menos de que sea con el propósito de su propia preservación, y sin que su jurisdicción se extienda más allá de los límites de esta vida...  El magistrado no debe entrometerse en nada que no esté dirigido a asegurar la paz civil y la propiedad de sus súbditos" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Insitiendo en que el gobierno no tenía derecho a imponer un modo de culto o religión, Locke escribió:
"[Algo de lo] que [se] tiene justo derecho a una tolerancia ilimitada es: el lugar, la hora y el modo de rendir culto a mi Dios, pues es éste un asunto enteramente entre mi Dios y yo, y en una dimensión eterna que está por encima de la política y del gobierno, los cuales sólo se refieren a mi bienestar en este mundo; porque el magistrado es solamente árbitro entre un hombre y otro hombre, puede hacerme justicia a mí en frente a mi prójimo, pero no puede defenderme frente a mi Dios. Cualquier mal que yo sufra por obedecer en otras cosas, [el magistrado] puede repararlo en este mundo; pero si se me obliga a abrazar una falsa religión, no podrá hacer reparaciones en el otro mundo...
[El magistrado] nada tiene que decir acerca de mis intereses privados con respecto a otro mundo, y --- no debe requerir mi diligencia ni prescribirme el modo de proceder en la persecución de ese bien que es muchísimo más importante para mí que cualquier otra cosa sobre la que él tiene poder. Pues el magistrado no tiene un conocimiento más cierto o más infalible que yo. En esto, ambos somos igualmente aprendices, igualmente súbditos. Y él no puede darme ninguna garantía de que no voy a perderme, ni ninguna recompensa si me pierdo. ¿Puede ser razonable que quien no puede obligarme a comprar una casa me fuerze a arriesgar la compra del cielo según su gusto? ¿O que quien no puede en justicia prescribirme reglas para preservar mi salud me imponga métodos de salvar mi alma? ¿O que quien no puede escogerme una esposa, me escoja una religión? 
Este es el punto en cuestión: si Dios quisiera que los seres humanos fueran llevados al cielo a la fuerza, no tendría que ser por violencia externa ejercida por el magistrado sobre los cuerpos de los hombres, sino por la presión interior ejercida por su Espíritu en sus almas, las cuales no pueden ser forjadas por ninguna presión humana. 
El camino a la salvación no es resultado de una fuerza exterior, sino de una elección voluntaria y reservada del alma, y no puede suponerse que Dios haría uso de algún medio que no podría alcanzar, sino impedir, el logro de dicho fin. Tampoco puede suponerse que los hombres hayan de dar al magistrado el poder de elegir por ellos el camino de la salvación, cosa que es demasiado importante para dejarla en las manos de otro hombre, sino es que imposible abandonarla. Pues cualquier cosa que el magistrado ordene en lo referente al culto a Dios, los hombres deben seguir en esto necesariamente lo que les parezca mejor, porque ninguna consideración forzada sería suficiente para apartar a un hombre del camino del que él estaba persuadido que iba llevarlo a la felicidad infinita, o para obligarlo a tomar el camino que él pensaba que lo iba a llevar al sufrimiento infinito. 
El culto religioso, al ser el homenaje que yo rindo al Dios que adoro en la forma que juzgo que es aceptable, y al ser una actividad o asunto que se establece exclusivamente entre Dios y yo, en su propia naturaleza no contiene de suyo ninguna remisión a mi gobernador o vecino; por consiguiente, y de modo necesario, no produce ninguna acción que perturbe a la comunidad. Porque arrodillarse o sentarse en el sacramento no puede perturbar o dañar al gobierno o a mi vecino, más de lo que sentarse o quedarse de pie alrededor de la mesa; vestir un manto o un sobrepelliz en una iglesia no puede alarmar o amenazar la paz del Estado, más de lo que vestir una capa o un abrigo en el mercado. Ser rebautizado no ocasiona en el Estado una turbulencia mayor de la que se ocasiona en el río, ni de la que ocasionaría el hecho de que yo me bañara en ese río. Si yo observo los viernes con el mahometano, o el sábado con el judío, o el domingo con el cristiano; o si oro sin utilizar una fórmula predeterminada o no, si adoro a Dios en las varias y pomposas ceremonias de los papistas o al estilo más sencillo de los calvinistas, no veo que ninguna de estas opciones, siempre y cuando sea llevado a cabo sinceramente y en conciencia, me haga un peor súbdito para mi príncipe o un peor vecino para mi prójimo, a menos que yo quiera, llevado por el orgullo o por la sobrestima de mi propia opinión y por una secreta arrogancia de infalibilidad, asumir que yo mismo tengo una especie de poder divino, y forzar u obligar a otros a pensar como yo, o censurarlos y maldecirlos si no lo hacen. Y esto último, ciertamente, sucede con frecuencia. Pero no es culpa del culto sino de los hombres; y no es la consecuencia de esta o de aquella forma de devoción, sino producto de una depravada y ambiciosa naturaleza humana que sucesivamente hace uso de todas clases de religión, como Acab hizo del ayuno, el cuál no fue la causa, sino un medio o artimaña para quitarle la viña a Nabot. [Véase la 1a de Reyes 21]. Los abusos de algunos de los profesantes de una religión no desacreditan por sí mismos ninguna religión (pues lo mismo ocurre en todas), más de lo que rapiña de Acab desacredita el ayuno. 
De lo que precede, pienso que sigue lo siguiente: Que en las especulaciones y en el culto religioso, todo hombre tiene una perfecta e incontrolable libertad que puede usar libremente con o sin el consentimiento de las órdenes del magistrado, sin incurrir en culpa o pecado de esto en lo absoluto, siempre y cuando lo haga sinceramente y en buena conciencia para con Dios, según su conocimiento y persuasión. Pero si hay alguna ambición, orgullo, revancha, rebeldía, o algún elemento extraño que se entremezcle con lo que él llama conciencia, tendrá un gran culpa, y de ella habrá de responder en el Día del Juicio[Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Como podemos ver, Locke afirmó su fe en que los seres humanos tendrán que dar cuenta de sus posturas religiosas, a Dios, -- no a los gobiernos ni otros humanos que no tienen porqué castigar o forzar a alguien a ejercer postura religiosa alguna. 

Si un principio de tolerancia como el discutido aquí, se hubiese sido aplicado por algunos gobiernos, se hubieran evitado miles de guerras y persecuciones en la historia, miles de ellas derivadas de políticas en las que los gobiernos impusieron sus posturas religiosas: la imposición del catolicismo en tiempos de la inquisición, en la Europa Medieval y la América Colonial; la imposición del catolicismo en Francia, la imposición del calvinismo en los Países bajos, la imposición del ateísmo en la Francia revolucionaria y el México revolucionario, la imposición actual del Islam en Pakistán y en Irán, la imposición del hinduismo en la India y en Nepal, la imposición del budismo en Japón (en el siglo XVII), la imposición del ateísmo en la Unión Soviética y los muchos estados comunistas como China, durante la Guerra Fría, etc.... (Habría que preguntarse si muchos gobiernos, o al menos, instituciones, imponen forzosamente el humanismo secular, o si en el sistema educativo se impone el materialismo y otras teorías especulativas intolerantes a cualquier objeción o postura alternativa.)

En la segunda parte del Ensayo sobre tolerancia, se discute la injerencia del Estado sobre las opiniones de los hombres y los principios por los que piensan que están obligados a regular sus acciones. Después de explorar el panorama cotidiano, Locke concluye:
"...Aunque el magistrado esté persuadido de la razonabilidad o de la ridiculez, de la necesidad o de la ilegalidad de cualquiera de ellas, y aunque pueda estar en lo cierto, [debe reconocer] que no es infalible...   
Pues al no ser el magistrado infalible en sus decisiones sobre los demás por el mero hecho de haber sido nombrado su gobernador, tendrá que responder ante Dios de sus acciones como hombre, según le dicte su propia conciencia y persuasión; pero como magistrado, tendrá que responder por sus leyes y decisiones administrativas, las cuales han de estar dirigidas a lograr, en la medida de lo posible, el bien, la preservación, y la paz de todos sus súbditos en este mundo[Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Hablando de la corrupción de que el Estado actúe de manera desmedida, Locke declaró: 
"Creo que se admitirá fácilmente que el hacer leyes con un fin que no sea exclusivamente la seguridad del gobierno y la protección del pueblo en lo tocante a sus vidas, propiedades y libertades (es decir, a la preservación del todo); es algo que el Gran Tribunal condenará con mayor severidad, no sólo porque el abuso del poder y confianza que se han depositado en manos del legislador produce mayores y más irreparables daños que ninguna otra cosa en el género humano... sino también porque no hay en este mundo ningún tribunal al que tengan que dar cuenta, y tampoco puede haber mayor provocación contra el Supremo Preservador de la humanidad que el que el magistrado utilice ese poder que le ha sido dado solamente para la preservación, en la medida de lo practicable, de todos súbditos y de cada persona particular entre ellos; y se abuse de él para servir su propio placer, vanidad, o pasión, empleándolo para inquietar y oprimir a sus prójimo, sin darse cuenta de que entre ellos y él, con respecto al Rey de Reyes, sólo hay una accidental y pequeña diferencia".

[Locke, trad. por Mellizo, 1999].
En relación al libre albedrío, conformado por libertad de decisión y la libertad de conciencia:
"La libertad de conciencia, al ser el gran privilegio del súbdito, lo mismo que el derecho de imponer leyes es el gran privilegio del magistrado, son prerrogativas que deben ser analizadas muy de cerca para que no se extravíen ni el magistrado ni el súbdito en sus justas demandas; pues en esto, los errores, al ser los más peligrosos, son los que deben evitarse con más cuidado. Pues lo errores que Dios castigará más severamente son los que se cometen bajo especiosas apariencias y pretensiones de justicia" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
2. Epístola sobre la Tolerancia (1688-1690)

Casi 20 años después del Ensayo, Locke escribía su "Epistola de Tolerantia" (1685) o Carta sobre la tolerancia, nombre con el cual se engloban las diversas cartas que John Locke publicó entre los años 1689 y 1690. La obra es considerada uno de los llamados más elocuentes que se hicieron en el siglo XVII, para instar a la cristiandad y al mundo occidental en general a renunciar a las persecuciones religiosas y a defender la libertad de religión.

Escrita en latín, desde Holanda, también fue oportuna, al ser publicada justo después de la revocación del Edicto de Nantes, lo que representaba una amenaza del Estado Católico para los protestantes en Francia. Cuatro años después fue publicada en inglés, justo después de que el Parlamento británico concediera una tolerancia legal para los disidentes protestantes no-anglicanos (Goldie, 2010).

Locke ciertamente no fue el primer escritor en desarrollar explícitamente un tema abogando por la tolerancia. Como comenta  (Goldie, 2010), el caso se remonta a autores como Sebastián Castellio y Jacopo Acontius a finales del siglo XVI, a puritanos radicales como William Walwyn y Roger Williams, y a compatriotas contemporáneos de Locke, como William Penn, en Holanda, al judío Baruch Spinoza, al arminiano Philip van Limborch, y al hugonote Pierre Bayle, cuyo Comentario filosófico sobre las palabras de nuestro Señor (1686) es exactamente contemporáneo a la Epístola.

Locke dedicó la carta precisamente a su amigo, el teólogo reformado, Philip van Limborch, y en la primera de las cartas le escribió:
"Honorable Señor: 
Ya que usted me ha pedido mi opinión sobre la tolerancia mutua entre los cristianos, le contesto brevemente diciendo que estimo que la tolerancia es la característica principal de la verdadera Iglesia. Pues aunque algunos blasonan de la antigüedad de lugares y nombres o del esplendor de sus ritos, otros de la reforma de sus enseñanzas, y todos de la ortodoxia de su fe (ya que cada uno se considera ortodoxo), estas y todas las demás pretensiones de esa clase puede que sólo sean señales, no de la Iglesia de Cristo, sino de la lucha de los hombres con sus semejantes para adquirir poder y mando sobre ellos. Si alguien posee todas estas cosas pero le falta caridad, humildad y buena voluntad en general hacia toda la humanidad, incluso hacia aquellos que no son cristianos, estará muy lejos de ser un verdadero cristiano.  
«Los reyes de los gentiles imperan sobre ellos, pero no así vosotros» dijo nuestro Salvador a sus discípulos (Lucas 22:25). El objetivo de la verdadera religión es algo muy distinto. No ha sido hecha para lucir una pompa exterior ni para alcanzar el dominio eclesiástico, ni menos aún para hacer fuerza, sino para regular la vida de los hombres de acuerdo con las normas de virtud y de la piedad. 
Quien quiera alistarse bajo la bandera de Cristo, primero que nada y ante todo, tiene que declarar la guerra a sus propios vicios, a su orgullo y a sus malos deseos. Si no es así, si falta la santidad de la vida, la pureza de costumbres, y la bondad de espíritu, entonces nada vale recabar para sí el nombre de cristiano«Que todo aquél que invoque el nombre de Cristo se aparte del mal» (2 Tim. 2:19)«Tú, cuando te hayas convertido, fortalece a tus hermanos», dijo nuestro Señor a Pedro (Lucas 22.32). 
Sería muy difícil que quien no se preocupa de su propia salvación persuada a la gente de que le interesa enormemente la de otros. Ningún hombre puede dedicarse sinceramente y con todas fuerzas a hacer que otros sean cristianos si él mismo no ha abrazado realmente en su corazón la religión cristiana. Pues si el Evangelio y los Apóstoles están en los cierto, ningún hombre puede ser cristiano si carece de caridad [amor] y de esa fe que no actúa por la fuerza, sino por amor. 
Ahora bien, yo apelo a las conciencias de aquellos que persiguen, torturan, destruyen y matan a otros hombres con el pretexto de la religión, y les pregunto si lo hacen por amistad y amabilidad. Solamente pensaré que así lo hacen, y no antes, cuando vea que esos fanáticos corrigen de la misma manera a sus amigos y familiares que pecan de modo manifiesto contra los preceptos del Evangelio; [o] cuando los vea perseguir a fuego y espada a los cofraudes suyos que, estando manchados por enormes vicios, se encuentran, a menos que se corrijan, en peligro de perdición eterna; y cuando los vea renunciar a su deseo de "salvar almas" mediante el procedimiento de inflingir a éstas toda clase de tormentos y crueldades. Porque si, como dicen, es por caridad y amor a sus prójimos por lo que torturan en prisiones insalubres, y finalmente, hasta les quitan la vida, todo para hacer de ellos creyentes y procurar, ¿porqué entonces toleran que el libertinaje, el fraude, la mala fe, y otros vicios (los cuáles según el Apóstol [Pablo] en Romamos 1, huelen a paganismo), predominen y abunden tanto entre sus gentes? Estas cosas y otras semejantes son, con toda seguridad, más contrarias a la gloria de Dios, a la pureza de la Iglesia y a la salvación de las almas, que cualquier disensión consciente de las decisiones eclesiásticas o cualquier separación del culto público, si va acompañada de una vida pura. ¿Por qué, entonces, este [supuesto] ardiente celo por Dios, por la Iglesia y por la salvación de las almas - que arde literalmente en forma de hoguera- pasa por alto sin castigo o censura alguna esos vicios morales y esas maldades que son totalmente opuestas a la profesión del cristianismo, y en cambio, dirigen todos sus esfuerzos o bien, a la introducción de ceremonias, o bien al establecimiento de opiniones que en su mayoría se refieren a asuntos sutiles y complicados que exceden la capacidad de comprensión ordinaria? 
Cuál de las partes contendientes (si la que domina o la que está sometida) tiene más rectitud, es cosa que se va a aclarar cuando las causas de su separación sean sometidas a Juicio. Pues no es hereje el que sigue a Cristo, abraza su doctrina, y soporta su yugo, deja a su padre y a su madre y se aleja de las reuniones públicos y de las ceremonias de su país y de todas las demás cosas. Por mucho que la división entre las sectas obstaculice la salvación de las almas, no puede negarse, sin embargo, que el adulterio, la fornicación, la impureza, la lascivia, la idolatría y otras cosas semejantes son obras de la carne, sobre las cuales el Apóstol ha declarado expresamente que «aquellos que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios» (Gál. 5:21). Por lo tanto, quienquiera que desee alcanzar sinceramente el reino de Dios y piense que es su deber tratar de extenderlo entre los hombres (*) debe dedicarse a desarraigar esas inmoralidades con no menos cuidado e industria que a la erradicación de las sectas. 
Pero cualquiera que haga lo contrario, al tiempo que se muestra cruel e implacable con aquellos que difieren de su opinión, es indulgente con esas perversidades e inmoralidades que son incompatibles con el nombre de cristiano; y por mucho que hable de la Iglesia, demuestra claramente con sus actos que su meta está en otro reino, no en el reino de Dios. . . 
Si a los hombres se les debiera obligar a sangre y fuego a profesar ciertas doctrinas y adoptar este o aquel culto exterior sin tener en cuenta su moralidad; si alguien intenta convertir a la fe a aquellos que están en el error, forzándoles a profesar cosas que ellos no creen y permitiéndoles practicar cosas que el Evangelio no permite a los cristianos y que ningún creyente se permite a sí mismo, verdaderamente no se puede dudar que lo que desea semejante persona es incrementar el número de adeptos a su profesión religiosa. Pero ¿quién podría creer que lo que desea es formar una iglesia verdaderamente cristiana? Por lo tanto, no es de extrañar que aquellos que no luchan por el progreso de la verdadera religión y de la Iglesia de Cristo hagan uso de armar que no pertenecen a la guerra cristiana. Si desearan sinceramente el bien de las almas, como el Capitán de nuestra salvación, marcharían sobre sus huellas y seguirían el ejemplo perfecto de ese Príncipe de la Paz que envió a sus discípulos a someter a las naciones y reunirlas en su Iglesia, no armados con espadas e instrumentos de fuerza,[*] sino con el Evangelio, con un mensaje de paz y con la santidad de su conducta. Si hubiera querido convertir a los infieles por medio de la fuerza, o apartar de sus errores a los que son ciegos u obstinados, mediante el uso de soldados armados, le hubiera resultado mucho más fácil hacerlo con ejércitos de legiones celestiales, que a cualquier hijo de la Iglesia, por poderoso que sea, con todos sus dragones. 
La tolerancia de aquellos que disienten de otros en materia de religión se aviene tanto al Evangelio y a la razón que parece monstruoso que haya hombres tan ciegos en medio de una luz tan clara[Locke, trad. por Mellizo, 1999].
En el ensayo, Locke, al igual que los bautistas de su época, reafirmaba un discurso a favor de la separación y la distinción entre la Iglesia y el Estado:
"Toda la jurisdicción del magistrado se extiende únicamente a estos intereses civiles; y todo poder, derecho y dominio civil está limitado y restringido sólamente a cuidar y promover estos bienes, y de ningún modo puede ni debe extenderse hasta la salvación de las almas. Creo que las siguientes consideraciones servirán para probarlo:
Primero, porque el cuidado de las almas no está encomendado al magistrado civil ni a ningún otro hombre. No les está encomendado por Dios, porque no parece que Dios haya dado nunca a a ningún hombre suficientemente autoridad sobre otro como para obligarlo a abrazar su religión. Tampoco puede tal poder ser conferido al magistrado por los hombres, porque nadie puede abandonar a tal extremo el cuidado de su propia salvación como para adoptar por obligación el culto a la fe que otro hombre le imponga, sea príncipe o súbdito. 
Nadie puede, aunque quisiera, conformar su fe a los dictados de otro ser humano. Es la fe la que da fuerza y eficacia a la verdadera religión que nos trae la salvación. Cualquiera que sea la profesión de fe que hagamos, cualquiera que sea el culto exterior al que nos ajustemos, si no estamos completamente convencidos en nuestra alma de que, en primer lugar, es verdad, y en segundo, de que le es agradable a Dios, tal profesión y tal culto, lejos de ser un avance, sería un obstáculo para nuestra salvación. Porque de ese modo, en vez de expiar otros pecados por el ejercicio de la religión, al ofrecer a Dios Todopoderoso una adoración que nosotros estimamos que no le complace, estaríamos añadiendo hipocresía y falta de consideración para con su Divina Majestad" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Como se puede apreciar, Locke ciertamente defendía la separación religión y política. Lo irónico, sin embargo, es que el filósofo abogó por esto desde una postura de la moral cristiana (Parker, 2004). 

Señalando uno de sus argumentos principales, escribió que la política y la religión deben separarse porque los políticos usan la fuerza y la coerción (obligan, y llegan a usar la violencia); mas la verdadera religión trata de persuadir y convencer (predicar con el ejemplo) por medio de una forma no-violenta: 
"En segundo lugar, el cuidado de las almas no puede corresponder al magistrado civil porque su poder consiste solamente en obligar, mientras que la religión verdadera y salvadora consiste en la persuasión interna de la mente, sin la cual nada puede tener valor para Dios. Y tal es la naturaleza del entendimiento humano, que no puede ser obligado a creer algo como resultado de una coacción externa; confisquemos los bienes de un hombre, encarcelemos o torturemos su cuerpo: tales castigos serán en vano, si lo que de ellos esperamos es que este hombre cambie su modo interno de juzgar las cosas" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
A pesar de su postura, Locke afirmaba que los servidores del magistrado «no están obligados a dejar de lado sus principios cristianos» y, que con su conducta cristiana, podrían lograr persuadir de forma práctica. Pero, al mismo tiempo, insistía en que ninguna iglesia debía imponerse en sus tendencias públicas:
"...Mas se podrá responder a esto diciendo: el magistrado puede hacer uso de argumentos, y así atraer al heterodoxo al camino de la verdad y procurar su salvación. Lo acepto, pero esto es común a él y a otros hombres. Enseñando, instruyendo y corrigiendo con razones a los que yerran, el magistrado puede ciertamente hacer lo que debe hacer todo hombre bueno. El magistrado no está obligado a dejar de lado su sentido humanitario ni su cristianismo. Pero una cosa es persuadir y otra mandar; una cosa apremiar con argumentos, y otra con castigo. 
Sólo el poder civil puede hacer esto último; lo otro, la buena voluntad puede hacerlo. ¿Todo hombre está facultado para amonestar, exhortar, convencer a otros de su propio error, y mediante razonamientos, hacerle aceptar su propia opinión  pero al magistrado le corresponde prescribir leyes, recibir obediencia y obligar a espada?... Esto es lo que digo: que el poder civil no debería prescribir artículos de fe o modos de adorar a Dios mediante leyes civiles, porque si los castigos no van aparejados a las leyes, la fuerza de las leyes se desvanece; y si los castigos se aplican, son obviamente fútiles e inapropiados para convencer la mente. 
Si alguien desea aceptar alguna doctrina o forma de adoración para la salvación de su alma, tendrá que creer firmemente que esa doctrina es la verdadera, y que esa forma de culto será agradable y aceptable a Dios. Mas los castigos no son en modo alguno eficaces para producir tal creencia. Se necesita luz para operar un cambio en la opinión de los hombres; dicha luz no puede en modo alguno provenir de los sufrimientos corporales. 
En tercer lugar, el cuidado de la salvación de las almas no puede corresponder al magistrado porque incluso si la autoridad de las leyes y la fuerza de los castigos fueran capaces de cambiar la mente de los hombres, esto no ayudaría en nada a la salvación de sus almas. Pues al existir solamente una religión verdadera, un solo camino hacia el cielo ¿qué esperanza habría de que un número mayor de hombres lo alcanzase, si los mortales fueran obligados a ignorar los dictados de sus propias conciencias y aceptar a ciegas las doctrinas impuestas por el príncipe y adorar a Dios del modo designado por las leyes de su país? Con toda la variedad de opiniones que los diferentes príncipes mantienen acerca de la religión, el estrecho camino y la angosta entrada que llevan al cielo, inevitablemente, estarían disponibles a los muy pocos y en un sólo país, y así se llegaría a una consecuencia aún más absurda que aviene muy mal con la noción de Dios; a saber: que los hombres debieran su felicidad o sufrimiento eterno simplemente al accidente de haber nacido en un lugar y no en otro. 
Éstas consideraciones, omitiendo muchas otras que podrían exponerse con el mismo propósito, me parecen suficientes para que lleguemos a la conclusión de que todo el poder del gobierno civil se refiere únicamente a los intereses civiles de los hombres, se limita al cuidado de cosas de este mundo, y no tiene que ver con el mundo venidero.
Veamos ahora qué es una Iglesia. Me parece a mí que una Iglesia es una asociación libre de hombres, unidos con el objeto de rendir adoración a Dios públicamente, del modo que ellos creen que es aceptable para la salvación de sus almas. 
Digo que es una «asociación libre y voluntaria». Nadie nace miembro de una Iglesia; de otra forma, la religión de los padres pasaría a los hijos por el mismo derecho hereditario de sus propiedades temporales, y cada uno tendría su fe en virtud del mismo título que sus tierras, lo cual no podría ser más absurdo. Tal es, pues, el estado de la cuestión. 
Ningún hombre se encuentra ligado por naturaleza a ninguna Iglesia, ni unido a ninguna secta, sino que cada uno se une voluntariamente a la sociedad en la cual cree que ha encontrado la profesión y el culto que es verdaderamente aceptable a Dios. La esperanza de salvación fue sola causa de su ingreso a la Iglesia, y constituye, igualmente, la sola razón de su permanencia en ella. Si con posteridad a su ingreso descubre alguna cosa errónea en la doctrina, o alguna cosa incongruente en el culto, debe tener siempre la misma libertad para salirse de ella, como fue libre de entrar. Pues no puede haber vínculos indisolubles, excepto aquellos que están relacionados con una esperanza cierta de vida eterna. Una Iglesia es, pues, una asociación de miembros unidos voluntariamente con éste fin...
Ésta unión es absolutamente espontánea y libre de toda fuerza coercitiva, de ello se sigue necesariamente que el derecho de hacer su leyes no puede corresponder a nadie que no sea la sociedad misma, o al menos (lo cual viene a ser lo mismo) a quienes tal sociedad haya acordado autorizar para hacerlas. 
Pero se me objetará diciendo que una sociedad semejante no puede ser una verdadera Iglesia a menos de que tenga un obispo o presbítero con autoridad de mandar, derivada [supuestamente] de los Apóstoles mismos y continuada ininterrumpidamente. 
[Contesto:] En primer lugar: que se me muestre el edicto por el cual Cristo ha impuesto tal ley a su Iglesia. Y no sería impertinente por mi parte que en un asunto de tal importancia exija que los términos de tal edicto sean expresos, debido a la promesa que Él nos hizo: «dondequiera que dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estaré entre ellos» (Mateo 18:20), la cuál parece implicar lo contrario. Ruego que se considere si una asamblea semejante carece de algo de lo que es necesario para una verdadera Iglesia. Ciertamente, nada falta en ella para la salvación de las almas, lo cuál es suficiente para nuestro propósito. 
En segundo lugar, ruego que se observe que desde el principio ha habido siempre divisiones entre aquellos que proclaman que los líderes de la Iglesia fueron instituidos por Cristo y que su línea de descendencia ha de ser continuada por sucesión apostólica. Su desacuerdo nos permite tener la libertad de escoger, y por consiguiente le está permitido a cada hombre unirse a la Iglesia que prefiera. 
En tercer lugar, acepto que se nombre un jefe y que se piense que éste ha de ser establecido según una cadena sucesoria, siempre y cuando yo pueda tener al mismo tiempo la libertad de unirme a la asociación en la cual yo esté persuadido de que pueden encontrarse las cosas necesarias para la salvación de mi alma. De este modo, la libertad eclesiástica será preservada en todas partes y a ningún hombre le será impuesto un legislados que él no haya elegido. 
Pera como hay gente que se muestra tan solícita acerca de cuál es la verdadera Iglesia, yo preguntaría, si quiera de pasada, si no sería más conveniente que la Iglesia de Cristo hiciera que las condiciones de su comunión consistieran solamente en aquellas cosas que el Espíritu Santo ha declarado expresamente en la Sagrada Escritura que son necesarias para la salvación: me pregunto si no sería ésto mucho más conveniente para la Iglesia de Cristo que el que unos hombres impongan sobre otros sus propias invenciones e interpretaciones como si éstas provinieran de la autoridad divina, y establezcan mediante leyes eclesiásticas, como absolutamente necesarias a la profesión del cristianismo, cosas que la Sagrada Escritura o no menciona, o, por lo menos, no ordena expresamente. 
Quienquiera que exija para la comunión eclesiástica lo que Cristo no requiere para la vida eterna, puede, quizá, que llegue a formar una sociedad acomodada a su propia condición y para su provecho. Pero ¿cómo se le podría llamar 'Iglesia de Cristo' a una Iglesia que se establece sobre leyes que no son de Él, y que excluya de su comunión a personas que Él recibirá un día en el Reino de los Cielos? 
Mas como éste no es el lugar adecuado para investigar acerca de las señales de la verdadera Iglesia, solamente les recordaré a aquellos que contienden con tanto vigor en apoyo de los decretos de su propia asociación y que continuamente gritan '¡la Iglesia!', 'la Iglesia!', con tanto ruido y tal vez con el mismo impulso que los plateros de Efeso elogiaban a su diosa Diana (Hechos 19), solamente les recordaré que el Evangelio declara frecuentemente que los verdaderos discípulos de Cristo tienen que sufrir persecución, pero el que la Iglesia verdadera de Cristo haya de perseguir a otros y obligarlos con el fuego y la espada a abrazar su fe y sus doctrinas, es algo que todavía no he encontrado en el Nuevo Testamento. 
El fin de una sociedad religiosa, como lo he dicho, es la adoración pública a Dios... toda disciplina debe, por lo tanto, estar dirigida a ese fin, y todas las leyes eclesiásticas deben estar confinadas a este propósito... ninguna fuerza ha de ser empleada en esa sociedad, sea cual fuere la razón que se aduzca; pues la fuerza corresponde íntegramente al magistrado civil, y la posesión y uso de toda pertenencia exterior están sujetos a su jurisdicción" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
En medio de esto, Locke mostró favor por la excomunión como un símbolo de libertad de profesar la doctrina religiosa libremente, o, en caso contrario, de un intento de mantener la integridad de la propia religión:
"Sostengo que ninguna Iglesia está obligada por el deber de tolerancia a guardar en su seno a una persona que, después de haber sido amonestada, continúa obstinadamente transgrediendo las leyes establecidas de esa asociación. Pues si esas leyes pueden ser quebrantadas con impunidad, la asociación acabará por disolverse, ya que dichas leyes son las condiciones de la comunión, así como el único elemento de cohesión que mantiene, así como el único elemento de cohesión que mantiene la sociedad unida. 
Sin embargo, debe cuidarse que la sentencia de excomunión y su ejecución no lleven consigo un trato duro ni de palabra ni de obra que pueda dañar a la persona expulsada en su cuerpo no en sus propiedades. Porque toda coerción, como ya he dicho, corresponde solamente al magistrado... la excomunión no priva ni puede privar nunca al excomulgado de ninguno de los bienes civiles que tenía anteriormente.
Ninguna persona privada tiene en ningún caso derecho alguno a perjudicar a otra persona en sus bienes civiles sólo porque esa persona profese otra religión o forma de culto. Todos los derechos que le pertenecen como hombre o como ciudadano deben serle preservados inviolablemente. No son éstos competencia de la religión. Debe evitársele toda violencia e injuria, sea cristiano o pagano. Tampoco debemos contentarnos con las normas de la mera justicia, sino que debemos agregarles la benevolencia y la caridad. Así lo ordena el Evangelio, así lo dicta la razón, y así nos lo exige la confraternidad natural en la que hemos nacido. Si un hombre se aparta del buen camino, ello constituye su propia desgracia y no injuria contra ti: tú tampoco has sido llamado a castigarle en las cosas de esta vida, sólo porque creas que perecerá en la vida futura" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Sobre la manera de resolver dilemas entre diversas iglesias o denominaciones, Locke expresó:
"La paz, la equidad, y la amistad deben ser siempre observadas por las diferentes Iglesias, así como por las personas privadas, sin ninguna pretensión de superioridad o jurisdicción de unas sobres otras... la controversia entre estas Iglesias acerca de la verdad de sus doctrinas y la pureza de su culto es igual en ambos bandos; no hay juez, ni en Constantinopla ni en ninguna otra parte de la tierra, por cuya sentencia pueda dirimirse el pleito; la decisión corresponde solamente al Juez Supremo de todos los hombres, al cual también corresponde exclusivamente dar el castigo a los que están en el error"  [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
En defensa de los disidentes y de la coexistencia pacífica, Locke escribió:
"[Se] debe exhortar a todos los hombres, ya sean personas privadas u oficiales públicos del Estado (si hubiere de éstos en su Iglesia), a la caridad, la humildad y la tolerancia, y aplacar y moderar todo ese ardor y antipatía irracional que han sido encendidas en sus mentes contra disidentes, ya sea por celo fogoso de alguna secta propia, o por manipulaciones de otra persona. 
No intentaré describir la calidad y abundancia del fruto que sería recogido, tanto en la Iglesia como en el Estado, si en los púlpitos de todas las partes se predicara esa doctrina de paz y tolerancia, a fin de no parecer estar yo reflexionado demasiado severamente acerca de esos hombres cuya dignidad no quisiera ver disminuida ni por los demás ni por ellos mismos. Pero lo que sí quiero decir es que así debería ser; y si alguien que profesa ser ministro de la Palabra de Dios, predicador del Evangelio de paz, predicara lo contrario, es que no comprende o desatiende los contenidos de la vocación, y un día tendrá que rendir cuenta de ello al Príncipe de Paz. 
Si se les debe advertir a los cristianos que se abstengan de toda clase de venganza cuando son provocados por injurias, incluso si ello ocurre setenta veces siete (Mateo 18: 21), ¡cuánto más deberán renunciar a la violencia y abstenerse de toda clase de malos tratos contra los que no les han infligido mal alguno aquellos que no sufren nada y no han recibido ningún daño! Sobre todo deberían cuidarse de no injuriar a aquellos que se ocupan solamente de sus asuntos y no desean otra cosa que adorar a Dios en la forma en que ellos creen que le es aceptable, y abrazan la religión que les da más esperanzas de salvación eterna (independientemente de lo que puedan pensar de ellos los hombres)"  [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Regresando al papel de los políticos, el británico reiteró la irrelevancia que estos tienen sobre las cuestiones de vital importancia religiosa: 
"En lo que atañe al poder [político], los príncipes nacen en una posición superior a las demás personas, pero en lo que respecta a la naturaleza, son igual que los demás mortales. Ni el derecho, ni el arte de gobernar llevan necesariamente consigo el conocimiento cierto de las cosas, y mucho menos de la verdadera religión. Pues si ello fuera así, ¿cómo podría suceder que los gobernadores de la tierra difieran tan enormemente en cuestiones religiosas?...
Si [en los asuntos que conciernen a la vida venidera] hago una mala inversión, si mi asunto llega a estar una situación desesperada, el magistrado no tiene poder para reparar mis pérdidas o aliviar mi sufrimiento, ni para rehabilitarme en medida alguna, ni mucho menos para volver a ponerme en un estado de prosperidad; ¿qué garantía podría darme para asegurar el reino de los Cielos?... 
Yo digo que el único y angosto sendero que lleva al cielo no es mejor conocido por el magistrado que por las personas particulares, y por lo tanto, yo no puedo tomar como una guía segura a quien probablemente sea tan ignorante como yo acerca de cuál es ese sendero y que, con toda seguridad, está menos interesado en mi salvación que yo mismo. Entre los muchos reyes de los hebreos, cuántos no hubo que, de haber sido seguidos por un israelita, [éste] se habría apartado éste del verdadero culto de Dios para caer en la idolatría, y habría labrado su propia destrucción como consecuencia de su obediencia ciega [al magistrado]?" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Insistiendo en el problema de las disensiones religiosas entre políticos:
"¿En honor a la verdad, hemos de reconocer que es más fácil que la 'Iglesia' (si una convención de clérigos que dictan decretos puede llamarse así) dependa de la corte, que la corte de la Iglesia. Lo que la Iglesia fue bajo los emperadores ortodoxos y arrianos es cosa bien conocida. Si tales sucesos son demasiado remotos, la historia inglesa proporciona ejemplos más recientes de que tan clara y prontamente el clero cambió sus decretos, sus artículos de fe, sus formas de culto, todo, bajo los reinados de Enrique, Eduardo, María e Isabel, a una mera indicación del príncipe. Y sin embargo, estos monarcas tuvieron opiniones tan diferentes y ordenaron cosas tan distintas en materia de religión, que nadie que no fuese un loco (iba a decir, nadie que fuese un ateo) pretendería que un hombre honesto adorador del verdadero Dios hubiera podido obedecer decretos religiosos sin ir en contra de su propia conciencia o contra su respeto por Dios. 
No necesito decir más. Si un rey prescribe leyes sobre religión de otro hombre, es indiferente que pretenda hacerlo así por su propio juicio o por la autoridad eclesiástica y consejo de otros. Las decisiones de los hombres de la Iglesia cuyas diferencias y disputas son suficientemente conocidas, no pueden ser más sólidas o seguras que las suyas; ni pueden todos sus sufragios reunidos añadir nueva fuerza civil. Aunque también debe tenerse esto en cuenta: que los príncipes suelen hacer caso omiso de los sufragios de los eclesiásticos que no participan de su fe y de su forma de culto. 
Pero, a fin de cuentas, el punto principal y lo que de manera absoluta determina esta controversia es esto: aunque la opinión religiosa del magistrado esté bien fundada y el camino que él indica sea verdaderamente evangélico, si no estoy persuadido en mi propia mente, no me traerá salvación. Ningún camino por el que yo avance contra los dictados de mi conciencia me llevará a la mansión de los bienaventurados. Puede que yo me haga rico ejerciendo un arte que me disgusta; puede que sea curado de alguna enfermedad con la ayuda de remedios en los que no tengo fe; pero no puedo ser salvado por una religión en la cual no tengo confianza, ni por un culto que detesto. Es inútil para un descreído adoptar la apariencia exterior de moralidad. Para complacer a Dios se necesitan fe y sinceridad interiores. Por muy celebrado y aprobado que sea un medicamento, es administrado en vano si el estómago lo rechaza al apenas ingerirlo, y es un error hacer tragar a un hombre enfermo una medicina que su constitución particular seguramente convertirá en veneno. 
En medio de todas las cosas que en religión se prestan a dudas, ésta por lo menos es cierta: ninguna religión que yo estime falsa podrá ser verdadera o provechosa para mí. Es en vano, por tanto, que el magistrado obligue a sus súbditos a entrar en la comunión de su Iglesia bajo pretexto de salvar sus almas. Si ellos creen, vendrán por su propia voluntad; si no creen, perecerán aunque entren. Por consiguiente, por muy grande que sea la profesión de buena voluntad y preocupación por la salvación de las almas de los hombres, no se les puede obligar a salvarse a la fuerza. En último término, habrán de ser dejados a lo que decidan sus propias consciencias...
¿Qué deberán hacer ahora? Todos los hombres saben y reconocen que Dios debe ser adorado públicamente; ¿por qué, sino, hemos de reunirnos en asambleas públicas? Dotados de esa libertad, entrarán, pues, a formar parte de alguna sociedad religiosa donde puedan celebrar sus servicios religiosos públicamente, no sólo para su mutua edificación, sino para mostrar al mundo que adora a Dios u que ofrecen a su Divina Majestad tal servicio, del cual ellos no se avergüenzan y al cual no consideran indigno de él; y, finalmente, para estimular a los demás a amar la religión mediante su pureza de doctrina, santidad de vida y decente modalidad de culto, así como para realizar cosas de la religión que cada hombre privado no podría lograr por sí solo. 
A estas sociedades religiosas yo las llamo Iglesias, y el magistrado debería tolerarlas; porque la preocupación de la gente reunida en estas asambleas no es otra cosa que lo que la ley permite a cada hombre en particular, es decir, la salvación de su alma; y a este respecto no hay diferencia alguna entre la Iglesia nacional y otras congregaciones que disienten de ella. 
El magistrado no tiene poder para imponer por ley civil, ni en su propia Iglesia ni, mucho menos, en otra, el uso de tiros o ceremonias, cualesquiera que éstos sean, en culto en Dios. Y ello, no sólo porque éstas Iglesias son sociedades libres, sino porque cualquier cosa que se ofrezca a Dios en adoración divina es justificable por esta razón: quienes la practican creen que le es aceptable a Dios. Todo aquello que no se haga esa seguridad de la fe ni es legal ni puede ser aceptable a Dios. Pues es absurdo permitir que un hombre tenga libertad religiosa (cuyo propósito es complacer a Dios) y al mismo tiempo ordenarle que desagrade a Dios por el culto mismo que se le ofrece..." [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Otra razón por la que Locke defendía la separación entre la religión y el Estado era para evitar que los magistrados o gobernantes introdujeran tradiciones vanas, filosofías huecas, o supersticiones que no favorecen en nada a la vida venida y que desagradan a Dios. Cosas como encender una veladora, hacer repeticiones vanas y palabrerías, o rezar a una estatua hecha de madera, son cosas que, bajo el discurso de Locke, no tienen ningún sentido en asuntos civiles:
"Ninguna autoridad humana puede hacer que cosas indiferentes por naturaleza lleguen a formar parte de la adoración a Dios, precisamente por la razón de que son indiferentes. Pues como las cosas indiferentes no son capaces por sí mismas de favorecer la benevolencia de la Divinidad; ninguna autoridad ni ningún poder humano pueden conferirles tanta dignidad como para capacitarlas con el fin de merecer el favor divino. 
En los asuntos ordinarios de la vida es libre y legal el uso de cosas indiferentes que Dios no ha prohibido; y, por lo tanto, la autoridad humana tiene sitio en esas cosas. No hay esa misma libertad en materia de religión; las cosas indiferentes sólo serían legales en la adoración a Dios cuando fuesen instituidas por Dios mismo y cuando Él, mediante una ley favorable, hubiese mandado que formen parte del culto que Él se ha dignado aceptar de las manos de los pobres hombres pecadores. 
Cuando la Deidad encolerizada nos pregunte «¿Quién os ha exigido estas cosas?» [Isaías 1:12], no bastará con responder que el magistrado las ordenó. Si la jurisdicción legal abarcara tanto, ¿que cosa no sería legal en la religión? ¿Qué mescolanza de ceremonias, que supersticiosas invenciones, edificadas sobre la autoridad del magistrado, no podrían ser impuestas a los que adoran a Dios, en contra de la conciencia? Porque la mayor parte de estas ceremonias y supersticiones consiste en el uso religioso de cosas que son por su propia naturaleza indiferentes, ni son ellas pecaminosas por otra razón que la de que Dios no es el autor de ellas. 
Rociar agua y usar pan y vino son cosas, por su propia naturaleza y en la vida ordinaria, completamente indiferentes... Si alguna autoridad humana o civil hubiera podido [instituirlas como parte del culto divino], ¿porqué no podría ordenarse también comer pescado y beber cerveza en el sagrado banquete, como parte del culto divino? ¿Porqué no rociar sangre de bestias sacrificadas, hacer expiaciones mediante agua y fuego, y muchas cosas de tal índole? Mas estas cosas por indiferentes que sean fuera de la religión, cuando son introducidas en el ritual sagrado sin autorización divina, son tan abominables para Dios como el sacrificio de un perro.  ¿Qué diferencia hay entre un perro y una cabra, con respecto a la naturaleza Divina, igual e infinitamente distante de toda afinidad con la materia, sino es que Dios exigió el uso de la segunda en la ceremonia de su culto, y no del primero? 
Vemos, por lo tanto, que las cosas indiferentes, aunque estén bajo el poder del magistrado civil, no pueden, con ese pretexto, ser introducidas en la religión e impuestas en las asambleas religiosas porque, en el culto a Dios, cesan por completo de ser indiferentes.  El que adora a Dios lo hace con el propósito de agradarle y procurar su favor, pero esto no puede ser hecho por quien, por orden de otro, le ofrece a Dios lo que sabe que le será desagradable, ya que no ha sido mandado por Él. Esto no es aplacar a Dios, sino provocarlo voluntariamente y a sabiendas, con un desacato manifiesto, lo cuál repugna los propósitos del culto[Locke, trad. por Mellizo, 1999].
En la segunda parte de su carta, Locke critica la tendencia de gobiernos a prohibir ciertas reuniones religiosas, y tolerar otros causantes de males comunes:
"El magistrado no puede prohibir en las asambleas religiosas el uso de las ceremonias o ritos sagrados establecidos en una Iglesia, pues si lo hiciera, destruiría la Iglesia misma, cuyo objeto es adorar libremente a Dios a su manera. 
Pero se me dirá: Supongamos que alguna agrupación tuviese la intención de sacrificar niños, o, según una falsa acusación (como la que se dirigía contra los cristianos de antaño), de hundirse en promiscuos actos de estupro. ¿Estaría el magistrado obligado a tolerar éstas y otras prácticas semejantes porque son cometidas en una asamblea religiosa? Desde luego que no. Estas cosas no son legales en la vida ordinaria, ni dentro de casa ni en la convivencia civil, y por ende, no lo son tampoco en el culto a Dios en ninguna reunión religiosa; pero si la agrupación quisiera consagrar un becerro, niego que esto deba ser prohibido por las leyes.... tal cosa no le hace daño a nadie, ni perjudica los bienes de otros, y por la misma razón, puede también matar su becerro en una ceremonia de culto religioso. Si esto place o no a Dios, corresponde considerarlo al que lo hace. . . 
Pero el magistrado ha de tener siempre mucho cuidado de no oprimir a ninguna Iglesia bajo el pretexto del bien público. Por el contrario, lo que es legal en la vida ordinaria y fuera del culto a Dios, no puede ser prohibido por una ley civil en el culto divino o en lugares sagrados. Se me responderá: 'Si alguna Iglesia es idólatra, ¿ha de ser también tolerada por el magistrado'. Respondo: ¿'qué poder puede darse al magistrado para la supresión de una Iglesia idólatra que no pueda ser usado en algún [otro] momento o lugar para destruir una ortodoxa?... si, por lo tanto, tal poder fuera conferido al magistrado civil en cuestiones espirituales, como ocurre en Ginebra, podría extirpar por la fuerza y con derramamiento de sangre la religión que allí es considerada idólatra, en virtud de la misma regla por la cual otro magistrado en algún país vecino puede oprimir la religión reformada, o en las Indias, la cristiana. O el poder civil puede cambiar toda la religión según el gusto del príncipe, o no puede cambiar nada.... por lo tanto, ningún hombre debe ser privado de sus bienes terrenales a causa de su religión...
Si se piensa que la idolatría ha de ser desarraigada de un lugar mediante leyes, castigos, fuego y espada, podemos cambiarle el nombre y aplicarnos el cuento a nosotros mismos. Pues no es más justo despojar de sus propiedades a los paganos de América, que hacer lo mismo con los cristianos de un país europeo que disienten de alguna manera de su Iglesia nacional. Y ni en un sitio ni en el otro han de violarse o alterarse los derechos privados por razones de religión. 
Se me dirá que la idolatría es un pecado y que, por lo tanto, no debe ser tolerada. A eso respondo: Si se dice que la idolatría es un pecado y que por tanto ha de ser evitada, tal manera de argumentar sería correcta; [pero] no es de la incumbencia del magistrado censurar con leyes o suprimir con espada todo lo que él considere que es un pecado contra Dios.  
Todo el mundo está de acuerdo que la avaricia, la falta de caridad, la ociosidad y muchas otras cosas son pecado, pero ¿quién ha pensado alguna vez que deberían ser castigadas por el magistrado? La razón es que no son perjudiciales para los derechos de otros hombres, ni perturban la paz pública. Incluso en aquellos lugares en que son reconocidos como pecados, no son reprendidos mediante la censura legal. Las leyes [civiles] nada dicen en contra de los mentirosos, ni si quiera contra las blasfemias, excepto en aquellos casos en los que torpeza y la ofensa contra Dios no se toman en cuenta sino solamente la injuria hecha al Estado y a los prójimos... 
Se me objetará que, según las leyes de Moisés, los idólatras deben ser expulsados. Respondo diciendo que eso es verdad; ciertamente, según las leyes de Moisés, pero ello no obliga a nosotros los cristianos. Desde luego, no se pretenderá que todas las cosas para los judíos son un ejemplo universal... ninguna ley positiva puede obligar a nadie sino a aquel para quien fue dada. «¿Escucha, Oh Israel» (Deut. 5:1) es una expresión  que limita claramente las obligaciones de la ley de Moisés solamente a ese pueblo. Esta consideración es suficiente respuesta para aquellos que desean ordenar la pena capital para los idólatras, basándose en la autoridad de la ley de Moisés. Pero voy a desarrollar este argumento un poco más: 
En el Estado judío los idólatras eran de dos clases. Primero estaban los que, habiendo sido iniciados en los ritos de Moisés y hechos ciudadanos de ese Estado, apostataron después la adoración del Dios de Israel. Ellos eran procesados como traidores y rebeldes, culpables de alta traición; porque el Estado judío era muy diferente a todos los demás, en cuanto a que era una teocracia absoluta, sin que hubiera ni pudiera haber ninguna diferencia entre la Iglesia y el Estado. Las leyes establecidas en ese pueblo relativas a la adoración de un Dios Invisible eran las leyes civiles y parte de su gobierno político, cuyo legislador era Dios mismo. 
Ahora bien, si alguien puede mostrarme dónde hay actualmente un Estado consitituído sobre tales fundamentos; yo reconoceré que las leyes eclesiásticas allí son parte de las leyes civiles inevitablemente, y que los súbditos de ese gobierno no pueden, y deben ser alejados de otras formas de culto o de ritos extranjeros, por el poder civil. Pero según el Evangelio, no hay tal cosa como un Estado cristiano. Admito que hay muchas ciudades y reinos que han abrazado la fe en Cristo, pero han conservado su antigua forma de gobierno, en la cual las leyes de Cristo no se han inmiscuido. Él enseñó la fe y la conducta mediante las cuales los hombres pueden alcanzar la vida eterna, pero no instituyó ningún Estado , no introdujo ninguna forma nueva y peculiar de gobierno, ni armó a ningún magistrado de una espada con la cual forzar a todos los hombres a abrazar la fe o el culto que Él había prescrito para su pueblo, ni para impedirles practicar otra religión. 
En segundo lugar, ni a los extranjeros ni a aquellos que eran extraños al Estado de Israel se les obligaba a observar los ritos mosaicos. Muy por el contrario: en el mismo pasaje donde se ordena la ejecución israelita idólatra (Éxodo 22:20-21), se ordena que nadie oprima ni veje a los extranjeros. Admito que las siete naciones que poseían la tierra que fue prometida a los israelitas estaban destinadas a ser destruidas, pero ello no se debía a que fuesen idólatras. Pues si tal hubiera sido la razón, ¿por qué habían de ser perdonados los moabitas y otras tribus? La razón fue que, al ser Dios de una forma peculiar el Rey de los judíos, no podía soportar la adoración de ninguna otra deidad en la tierra de Canaán, que era su reino, pues tal cosa era en esencia un acto de alta traición contra sí mismo. Semejante rebelión manifiesta no hubiera sido en forma compatible con el dominio de Jehovah, que era claramente político en ese país. Toda idolatría tenía, por tanto, que ser expulsada de su reino, porque ello implicaba el reconocimiento de otro rey, es decir, de otros dios contrario a su derecho de dominio. Los habitantes también tenían que ser expulsados para que la entera posesión de la tierra pudiera ser dada a los israelitas. Por la misma razón, los Emins y los Hormis fueron expulsados de sus países por los hijos de Esaú y de Lot; y sus tierras, por ese mismo motivo, fueron dadas por Dios a los invasores, como el lector encontrará fácilmente leyendo el segundo capítulo del Deuteronomio. 
Josué hizo un pacto con toda la familia de Rahab, con la nación completa de los gebeonitas, y los perdonó; y hubo muchos cautivos entre los judíos que eran idólatras. Regiones situadas más allá de las fronteras de la tierra prometida, incluso hasta el Éufrates, fueron conquistadas por David y Salomón y convertidas en provincias; entre tantos cautivos tomados y tantas naciones reducidas al poder hebreo, no encontramos un sólo hombre que fuese obligado a abrazar la religión de Moisés y el culto al verdadero Dios, ni castigado por idólatra, aunque todos ellos eran ciertamente culpables de ella. 
Sin embargo, si alguno se hacía prosélito y deseaba adquirir la ciudadanía, se le exigía someterse a las leyes del Estado de Israel, esto es, al momento de abrazar su religión, pero esto lo hacía de modo voluntario, por su propia cuenta, y sin ser obligado por el que mandaba. No se sometía yendo en contra de su propia voluntad sólo para mostrar obediencia, sino que lo buscaba y solicitaba como un privilegio. Tan pronto como se hacía ciudadano, quedaba sujeto a las leyes del Estado, según los cuales toda idolatría estaba prohibida dentro de los límites de la tierra de Canaán. Pero esta ley, como se ha dicho, no alcanzó a ninguna de las regiones que quedaban fuera de esas fronteras, aunque estuvieran sujetas a los judíos"  [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Locke abogó por los derechos civiles de católicos, judíos, protestantes, y paganos, asegurando que, a pesar de que algunos de ellos decidan vivir en el error, el Evangelio nos enseña que su integridad física y sus derechos civiles deben ser respetados. Él sabía en que Cristo nos llamó a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y a tratarlos como queremos ser tratados: con nuestros derechos siendo respetados; por ello escribió:
"El magistrado no debería prohibir el hecho de albergar predicar opiniones especulativas en ninguna Iglesia, porque no tienen relación alguna con los derechos civiles de los súbditos. Si un seguidor del pontífice romano cree que lo que otros llaman pan es el cuerpo de Cristo, con ello no injuria a su vecino. Si un judío no cree que el Nuevo Testamento es la palabra de Dios, él no altera por esto en nada los derechos civiles de los hombres. Si un pagano duda de ambos Testamentos, no por ello debe ser castigado como ciudadano deshonesto. El poder del magistrado y las propiedades de los individuos pueden asegurarse igualmente, tanto si un hombre cree como si no cree en estas cosas. 
Desde luego, reconozco que esas opiniones son falsas o absurdas. Pero el papel de las leyes no es cuidar de la verdad de las opiniones, sino de la seguridad del Estado y de los bienes de cada persona en particular. Está claro que no debemos lamentarnos por esto. Pues la verdad saldrá adelante si por una vez la dejaran defenderse por sí misma. No ha recibido ni nunca recibirá mucha ayuda de los grandes hombres, los cuales raramente la conocen o la reciben con los brazos abiertos. La verdad no necesita de la fuerza para hacer su entrada en el alma, ni es enseñada por los voceros de la ley [civil]. Son los errores los que prevalecen mediante la ayuda de elementos postizos y extraños, pero si la verdad no logra por su propia luz entrar en el entendimiento, no podrá hacerlo ayudándose de una fuerza ajena a ella. Y baste con lo dicho sobre esta cuestión. Pasemos ahora a las opiniones prácticas. 
La rectitud de conducta, en la cual consiste la mayor parte de la religión y de la verdadera piedad, concierne también al gobierno civil y de ella depende la seguridad tanto el alma de los hombres como del Estado. Las acciones morales pertenecen, por lo tanto, a la jurisdicción de ambos tribunales, el exterior y el interior, tanto al gobernador civil, como al doméstico, es decir, tanto al magistrado como a la conciencia. Aquí existe, por lo tanto, un gran riesgo, pues una de estas jurisdicciones puede entrometerse en los asuntos de la otra, y hacer surgir discordia entre el que guarda la paz pública y el alma. Pero si lo que ya se ha dicho acerca del límite de cada gobierno es considerado justamente, desaparecerá toda dificultad en este asunto. 
Todo mortal tiene un alma inmortal, susceptible de disfrutar de la felicidad eterna o del sufrimiento eterno. Su felicidad depende de creer creer y de hacer en su vida las cosas que son necesarias para obtener el favor de la Deidad y son prescritas por Dios. De esto se deduce: 
1. Que el hombre está obligado, por encima de todo, a observar estas cosas y que se debe ejercitar el máximo cuidado, aplicación y diligencia en su búsqueda y ejecución, pues nada de lo que pertenece a su condición mortal puede ser comparable a la eternidad.    
2. De ello se sigue que nadie viola el derecho de otro por sus opiniones erróneas ni por su indebida forma de culto, y, como su perdición no causa ningún perjuicio para los asuntos de otro hombre, el resultado es que el cuidado de su salvación pertenece sólo a él mismo. No quiero que se entienda que digo esto en el sentido de estar tratando de condenar todas las admoniciones caritativas y los esfuerzos afectuosos para rescatar a los hombres de sus errores, lo cual constituye verdaderamente el deber más grande de un cristiano. Cualquiera puede emplear exhortaciones y los argumentos que le guste para promover la salvación de otro hombre, pero debe prescindir de toda fuerza o coacción, y nada debe hacerse con afán de dominio. Nadie está obligado en estos asuntos a prestar obediencia a los consejos o exhortaciones de otro, más allá de lo que escoja para sí mismo...
El poder legislativo... debe ser regulado hacia el bien temporal y la prosperidad de la sociedad, cosas que constituyen la única razón por la cual los hombres entran en sociedad y la única razón por la que se busca la constitución de un Estado; y, por otra parte, a [permitir] libertad a los individuos en asuntos que se refieren a la vida venidera, es decir, la libertad que tiene casa uno de hacer lo que crea que le es grato a Dios, de cuya complacencia depende la salvación de los hombres. Porque la obediencia le es debida primero a Dios y después a las leyes... [Hechos 5:29] 
Si la ley se refiere a cosas que están fuera del dominio del magistrado, como por ejemplo, que el pueblo, o una parte de él, fuera obligado a abrazar una religión extraña y a adoptar nuevos ritos, los hombres no están en esos casos obligados legalmente a ir en contra de sus conciencias, pues la sociedad política sólo fue instituida para asegurar a cada hombre la posesión de las cosas de esta vida, y no para otro propósito. El cuidado del alma de cada persona y de las cosas del cielo, que ni pertenece al Estado, ni puede serle encargado, está enteramente reservado a cada individuo. 
Así, la protección de las vidas de los hombres y de las cosas que pertenecen a esta vida es asunto del Estado, y la preservación de estas cosas para sus propietarios es el deber del magistrado. Estas cosas terrenales no pueden, por tanto, quitársele a un hombre sólo porque al magistrado le plazca hacerlo así; tampoco puede la propiedad cambiar de manos entre los súbditos, ni si quiera por la ley, debido a razones ajenas a la comunidad civil, quiero decir, debido a razones de religión; pues ésta, ya sea verdadera o falsa, no daña al resto de los ciudadanos en asuntos de este mundo, que son los únicos que están sujetos a la jurisdicción del Estado...
Pero se me preguntará: ¿qué si el magistrado cree que lo que manda cree responder al poder que tiene, y que, aunque sus súbditos piensen lo contrario, la comunidad se beneficiará de su mandato? ¿Quién juzgará entre ellos? Yo respondo: sólo Dios, pues no hay juez sobre la tierra entre el magistrado supremo y el pueblo; digo, por lo tanto, que en este caso, Dios es el único juez. Él retribuirá a cada uno en el último día, de acuerdo con sus méritos, esto es, de acuerdo con la sinceridad y rectitud de sus esfuerzos para promover la piedad, la paz y el bien público. Se me preguntará: ¿qué hacemos entre tanto?. Yo respondo: creo que el principal y más importante cuidado de cada cual debe ser primero el de su propia alma..." [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Aunque, como hemos visto, Locke era un completo defensor de los derechos civiles de todos los hombres, partidario de la partición Iglesia & Estado y abogado de la tolerancia, había, sin embargo, algo que Locke pensaba que no podría ser tolerado de ninguna forma: nada más y nada menos que el ateísmo frente al Estado:
"Por último, no deben ser tolerados quienes niegan la existencia de Dios. Las promesas, los convenios y los juramentos, que son lazos de la sociedad humana, no pueden tener efecto en los ateos. Pues quitar a Dios, aún cuando sólo sea en el pensamiento, lo disuelve todo. Además, aquellos que por su ateísmo concavan y destruyen toda religión, no pueden pretender que la religión a la cual desafían les brinde el privilegio de la tolerancia" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
El consejo de un laico como Locke no es contradictorio, sino que tenía un significado social: prevenir que una futura sociedad pudiera desmoronarse y evitar que fuera dirigida por hombres que (no temiendo ni a Dios ni a la humanidad), fueran desleales y salvajes entre sí, a tal punto de "disolver todo", (algo que, literalmente, ocurriría en la Unión Soviética marxista donde las autoridades ateas revolucionarias querían destruir la religión y causaron atrocidades a los creyentes, como bien ha sido descrito por Alexander Solzhenitsyn).

Por otro lado, Locke abogó por la libre asociación de cualquier grupo social, y la libre práctica de asambleas religiosas. En esto, difería con Rosseau: 
"Me queda ahora por decir algo acerca de aquellas asambleas que se piensa que constituyen una gran dificultad para la doctrina de tolerancia, porque son popularmente consideradas como nidos de sedición y criaderos de facciones, cosa que posiblemente fueron alguna vez. Pero esto no ha ocurrido por las características peculiares de tales asambleas, sino por la circunstancia adversa de una libertad oprimida o mal establecida. 
Estas acusaciones cesarían inmediatamente si la ley de la tolerancia se impusiera de tal forma que todas las Iglesias se vieran obligadas a establecer la tolerancia como fundamento de su propia libertad y enseñar que la libertad de conciencia es un derecho natural de cada hombre, que pertenece por igual a los que disienten y a ellos mismos, y que a nadie debería obligársele en materia de religión, ni por la ley, ni por la fuerza... 
Se dice que las asambleas y reuniones ponen en peligro el Estado y son una amenaza para la paz. Respondo: si esto fuera así ¿porqué hay diariamente tantas reuniones en los mercados y en las salas de justicia?; ¿por qué se reúnen los hombres en corporaciones y por qué se reúnen los hombres en corporaciones y por qué permite la aglomeración de gente en las ciudades? 
Me diréis: Éstas son asambleas civiles, mientras que las nosotros objetamos son las eclesiásticas. Respondo: ¡Como si las asambleas que están más alejadas de los asuntos civiles fuesen más propensas a causar turbulencia! 
A esto que digo se podrá objetar que las asambleas civiles están integradas por hombres que disienten entre sí en materia de religión, mientras que las asambleas eclesiásticas son de personas de una misma opinión. Yo respondo: ¡Como si el acuerdo de los asuntos sagrados y cuestiones relativas a la inmortalidad del alma fuese una conspiración contra el Estado! Los hombres son más marcadamente unánimes en su religión cuanta menos libertad de reunión tienen. . .  
Hablemos, pues, claramente. El magistrado teme a las demás Iglesias, no a la suya propia, porque es bondadoso y favorable con una, pero severo y cruel con las demás. A aquella la trata como a niños, e incluso perdona sus caprichos; a las otras trata como a esclavos, y por inocente que sea su comportamiento, la recompensa con trabajos forzados, presidios, confiscaciones de propiedad y muerte. A una la cuida y defiende, a las demás oprime y persigue continuamente. 
Que haga lo opuesto, o que deje que los disidentes disfruten de los mismos derechos que los otros ciudadanos en los asuntos civiles, y ver que no hay nada que temer de las asambleas religiosas. Porque si hay quienes planean esquemas facciosos, no son sus reuniones religiosas las que les inspiran a a hacerlo, sino el sufrimiento que las oprime. Los gobiernos justos y moderados están tranquilos y se sienten seguros en todas partes, pero la opresión genera y fermenta y hace que los hombres se esfuercen por echar fuera un yugo incómodo e injusto. 
Sé que la sediciones se fraguan frecuentemente bajo el pretexto de la religión, pero esto es tan cierto como el hecho de que muchas veces, los súbditos, por causa de su religión, son maltratados y viven miserablemente. Créanme que las turbulencias no surgen del carácter peculiar de ésta o aquella Iglesia o sociedad religiosa, sino de la inclinación común de todos los hombres, que cuando gimen bajo una carga muy pesada, procurarán, naturalmente, sacudirse el yugo que les mortifica el cuello. . . 
Algunas personas se asocian con fines comerciales, y para ganar dinero; otras, que están desocupadas, se juntan para divertirse. Algunas tienen reuniones sociales porque viven en la misma ciudad y son vecinas; otras se reúnen para compartir un culto religioso; pero hay solamente una cosa que reúne a las personas para organizar tumultos sediciosos, y eso es la opresión...  
Para concluir: todo lo que pedimos es que cada hombre pueda disfrutar de los mismos derechos que son permisibles a los demás ciudadanos... En una palabra, que todas las cosas que la ley permite hacer en las ocasiones ordinarias de la vida, sean lícitas para cada Iglesia en el culto divino. Que ni la vida del hombre, ni su cuerpo, ni su casa, o propiedades sufran daño por estas causas... 
Que las asambleas eclesiásticas y los sermones son legales, es algo probado por la experiencia pública. Si se les permite a la gente de un credo, ¿por qué no se les va a permitir a todo el mundo? Si alguna conspiración tiene lugar en una reunión religiosa, ha de ser suprimida de la misma manera, y no de otra, que si hubiera ocurrido en una feria. Estas reuniones no deben ser santuarios para facciosos y hombres malvados. Ni debe ser menos legal que los hombres se reúnan en las Iglesias que en los lugares públicos, ni deben ser considerados más culpables unos súbditos que otros por el hecho de reunirse.
Cada cual ha de ser responsable por sus faltas, y ningún hombre ha de caer bajo sospecha u odio por las malas acciones de otro. Los sediciosos, asesinos, ladrones, bandidos, adúlteros, calumniadores, etc, de cualquier Iglesia, sea o no nacional, deben ser castigados y suprimidos; pero aquellos cuya doctrina es pacífica y cuyos modelos de conducta son puros e intachables deben ser tratados igual que sus conciudadanos; y si a otros se les permite reunirse en asambleas, juntas solemnes, celebraciones festivas, sermones y cultos públicos, todas esas cosas también se les deben permitir a los arminianos, anti-arminianos, luteranos, anabaptistas o socinianos; es más, si se nos permite decir abiertamente la verdad, como deben hacerlo los hombres cuando se comunican entre sí; añadiré que ni los paganos, ni los mahometanos, ni los judíos deberían ser excluidos del Estado a causa de su religión. 
El Evangelio no ordena tal cosa. La Iglesia que «no juzga a aquellos que están fuera de ella» (1 Corintios 5:12-13) no quiere esto. Y el Estado que recibe y acepta indistintamente a todos los hombres que son honestos, pacíficos e industriosos no lo requiere. ¿Permitiremos que un pagano trate y comierce con nuestro país y no ore y rinda culto a nuestro Dios? Si permitimos a los judíos tener residencias y casa privadas, ¿por qué no se les permite tener sinagogas? ¿Es una doctrina más falsa, su culto más abominable o sus reuniones más peligrosas si se juntan en un lugar público que si lo hacen en sus domicilios privados? 
Si a los judíos y a los paganos se les concedieran estas cosas, ciertamente la condición de los cristianos no debe porqué ser peor que la de en una mancomunidad cristiana. Pero tal vez se me diga: 'Sí, pero lo será, porque ellos están más inclinados a facciones, tumultos o guerras civiles'. Yo respondo: ¿Es eso culpa de la religión cristiana?' Si así lo fuera, en serio la religión cristiana sería la peor de todas y no tendría que ser buscada por ninguna persona... pero lejos estamos de que digamos tales cosas de esta religión que conlleva la mayor oposición a la avaricia ambición, discordia, disputas, y deseos mundanos y que es la religión más modesta y pacífica que jamás haya existido. 
Debemos, por lo tanto, buscar otra causa a los males que se le imputan a la religión. Si consideramos este asunto correctamente, veremos que eso consiste enteramente en el tema que estoy tratando aquí. No es la diversidad de opiniones (la cual no se puede evitar), sino la negativa a tolerar a los que difieren en nuestra opinión (lo que pudo hacer sido concedido) lo que ha producido todos los conflictos y guerras en el mundo "cristiano" en relación con la religión. 
Los cabezales y líderes de las Iglesias, movidos por la avaricia y el deseo insaciable de dominio, han usado la ambición desmedida del magistrado y la superstición ingenua de la multitud frívola, los han enfurecido y animado contra los que están en desacuerdo con ellos, al predicarles, en contra de las leyes del Evangelio y los preceptos de la caridad, que a los cismáticos y los herejes se les deben quitar sus posesiones y ser destruidos; y así, han mezclado y confundido dos cosas que son por sí mismas de lo más diferentes: la Iglesia y la República" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Expresando su deseo por un evangelismo práctico y un republicanismo tolerante, Locke escribió: 
"Que Dios Todopoderoso, yo le ruego, nos conceda que el Evangelio de la Paz sea predicado a detalle y que los magistrados civiles, siendo cada vez más cuidadosos de conformar su propia conciencia a la ley de Dios y menos inclinados a obligar la unión de las conciencias de otros hombres por las leyes humanas, puedan, como padres de su país, dirigir todos sus consejos y esfuerzos a promover universalmente el bienestar civil de todos sus hijos, a excepción de aquellos que sean arrogantes, ingobernables y perjudiciales para sus hermanos; y que todos los hombres eclesiásticos que se jacten de ser ellos mismos sucesores de los Apóstoles, caminen pacíficamente y modestamente en los pasos de los Apóstoles, sin entrometerse en los asuntos del Estado, y puedan aplicarse de lleno a promover la salvación de las almas" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
En la última parte de su carta (su despedida), Locke birndó argumentos afirmando que el catolicisimo y el protestanismo son, literalmente, religiones diferentes, y no solo denominaciones dentro de una misma religión. Además,  se dio a la tarea de definir lo que es una verdadera herejía:
"Debemos averiguar qué hombres son de la misma religión. En este asunto es claro que quienes tienen la misma regla de fe y de culto divino son de la misma religión,, y que quienes no tienen la misma regla de fe y de culto, son de diferentes religiones. Pues como todo lo que pertenece a una religión particular está contenido la regla de dicha religión, se deduce que aquellos que concuerdan en una misma regla son de la misma religión, y viceversa. 
Así, turcos y cristianos son de religiones diferentes; porque estos últimos toman la Sagrada Escritura como regla de religión, y los otros, el Corán. Por la misma razón, el nombre de cristiano puede incluir religiones diferentes. Los papistas y los luteranos, aunque ambos profesen la fe en Cristo y son llamados 'cristianos', no son, sin embargo, de la misma religión; porque éstos últimos no reconocen otra cosa que la Sagrada Escritura como base y regla de su religión, y aquellos toman en cuenta además las tradiciones y decretos de los papas, y ambas cosas son hacen la regla de su religión; así también, los cristianos de San Juan (como se les llama) y los cristianos de Ginebra, pertenecen a religiones diferentes, porque éstos toman la Sagrada Escritura, y aquellos, ciertas tradiciones que desconozco, como regla de su religión. 
De lo dicho, se desprende lo siguiente:
  1. Que la herejía es una separación que se da en la comunidad eclesiástica entre hombres de la misma religión, por doctrinas no contenidas en la doctrina misma.
  2. Que entre aquellos que sólo reconocen la Sagrada Escritura como regla de fe, la herejía es una separación en su comunidad cristiana a causa de doctrinas no contenidas en palabras expresas de la Escritura" [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
Por último, Locke plasmó más a detalle su postura religiosa personal frente al creciente denominacionalismo, y su opinión propia sobre la interpretación de la Biblia:
"Sé que hay algunas posiciones tan evidentemente conformes con la Escritura que nadie puede negar que de hecho se siguen de ella; por lo tanto, acerca de éstas no puede haber disputa. Pero no se debe imponer sobre otro hombre lo que no parezca que se sigue legítimamente de la Sagrada Escritura, como si fuera un artículo de fe necesario, sólo porque nosotros estimemos que concuerda con la regla de la fe; a menos que admitamos que los demás deben disfrutar el mismo derecho y que estamos obligados a recibir y profesar las varias y contradictorias doctrinas de luteranos, calvinistas, arminianos, anabaptistas y otras denominaciones que los inventores de sistemas, símbolos y confesiones sueles presentar a sus seguidores como si fueran deducciones generales de la Sagrada Escritura. 
No puedo dejar dejar de asombrarme de la enorme arrogancia de quienes piensan que pueden explicar las cosas necesarias para la salvación por sí mismos, mejor que el Espíritu santo, el cual es la infinita y eterna Sabiduría...
Ahora bien, nada puede haber que sea necesario en el culto o la disciplina para que un cristiano entre en comunión, excepto lo que Cristo, nuestro Legislador, o los Apóstoles, por inspiración del Espíritu Santo, han ordenado en términos expresos. 
En una palabra, el que no niega nada de lo que la Palabra de Dios enseña expresamente, ni causa una separación por algo que no está manifiestamente contenido en el texto sagrado, no podrá ser hereje o cismático, por mucho que sea insultado por cualquiera de las sectas que se llaman a sí mismas 'cristianas', aunque puede que algunos o todos digan que no está investido de auténtico cristianismo"  [Locke, trad. por Mellizo, 1999].
3. Ensayo sobre el entendimiento humano (1689/1690)

En esta obra, Locke refutaba el innatismo en medio de algunos comentarios religiosos que dejaban entrever otros puntos de su fe. Para él, la aplicabilidad de la moral cristiana iba más allá de los confines del cristianismo:
"La virtud generalmente se aprueba, no porque sea innata, sino porque es provechosa. Naturalmente, de ahí viene la gran variedad de opiniones acerca de las reglas morales que se encuentran entre los hombres, según los diferentes tipos de felicidad a los que aspira, o los que se proponen a sí mismos, lo cual no podría ocurrir si estos principios prácticos fueran innatos e impresos en nuestra mente de inmediato por la mano de Dios.  
Yo reconozco que la existencia de Dios se manifiesta de maneras tan diversas, y que la obediencia que le debemos a Él es tan congruente con la luz de la razón, que una gran parte de la humanidad da testimonio de esta ley natural, aunque, aún así, creo que debe reconocerse que varias reglas morales puedan recibir una aprobación muy general en la humanidad, sin conocer ni admitir el verdadero fundamento de la moralidad; el cual, sólo puede ser la voluntad y la ley de Dios, quien contempla a los hombres sumidos en la oscuridad, quien tiene en sus manos recompensas y castigos y el poder suficiente como para pedir cuentas al delincuente más orgulloso. 
Porque Dios, por medio de una relación inseparable, ha unido a la virtud con el bienestar público, y ha hecho de la práctica de ambas, cosas necesarias para la preservación de la sociedad, y visiblemente beneficiosa para todos los que traten con lo que el hombre virtuoso tiene que hacer; no es de extrañarse que todos no sólo deban permitir, sino también recomendar y ampliar dichas normas a los demás, porque la observancia de ellas cosechará, por seguro, ventajas para sí mismos". [An Essay Concerning Human Understanding. Cap. II: "No Innate Practical Principles".  § 6: Virtue generally approved, not because innate, but because profitable]
Asimismo, argumentaba que ni siquiera la idea más importante (la concepción de Dios) era innata, por lo cual, seguramente ninguna lo era. Si la concepción verdadera de Dios fuese innata, razonaba, Dios la habría puesto en todos los seres humanos, y no habría necesidad de evangelismo. 

La cosmovisión empirista de Locke de ninguna manera implicaba que las ideas, siendo no-innatas, no ser enseñadas (como algunos malintérpretes han sugerido erróneamente). Muy por el contrario, él insistía en que este hecho de la mente nos recordaba que Dios nos ha dotado de facultades para adquirir conocimiento. Al mismo tiempo, apelaba a la necesidad de esforzarnos para descubrir, inferir, investigar, analizar e indagar con diligencia sobre los conocimientos religiosos, artísticos y científicos, pues, como ninguno de ellos es innato, todas las verdades contenidas en ellos deben ser aprendidos:
"Aunque el conocimiento de la existencia de Dios sea el hallazgo más natural de la razón humana, sin embargo, como me parece evidente de cuanto se ha dicho que la idea acerca de El no es innata, pienso que ninguna otra idea podrá entonces aspirar a ese rango...
Hay algunas ideas que se muestran evidentes por si mismas al entendimiento de los hombres, y existen algunas verdades que se deducen de algunas ideas en el momento en que la mente las formula en proposiciones. Existen otras verdades que requieren una sucesión de ideas colocadas en orden, el compararlas de manera adecuada y ciertas deducciones hechas con atención, antes de que puedan  descubrirse y se les otorgue asentimiento. Algunas de la primera clase han sido tomadas equivocadamente como innatas, a causa de su recepción fácil y general. 
Pero lo cierto es que las ideas y las nociones distan tanto de haber nacido con nosotros al igual que las artes y las ciencias, aunque realmente algunas se muestren antes a nuestras facultades de lo que otras y, por tanto, sean de aceptación más general. Pero incluso esto depende del modo como se empleen los órganos de nuestro cuerpo y las facultades de nuestra mente, porque Dios dotó a los hombres de facultades o medios para descubrir, recibir y retener verdades, según la manera en que se usen esas facultades y medios. La enorme diferencia de nociones existentes entre los hombres se debe a la manera diferente en que las facultades son ejercidas"  [Locke. 1689. An Essay Concerning Human Understanding. Cap. III: § 18]
Para Locke, la ociosidad y la superficialidad del poco conocimiento adquirido eran impedimentos para encontrar las otras verdades que también deben ser aprendidas:  
"Unos (y son la mayoría) tomando todas las cosas confiadamente, emplean mal su facultad de asentimiento, al someter, por pereza, sus mentes al dictado y dominio de otros, en doctrinas que es su deber examinar de manera cuidadosa y no seguirlas a ciegas con una confianza incondicional.  
Otros, aplicando sus pensamientos solamente a unas pocas cosas, llegan a conocer lo suficiente como para alcanzar en ellas un grado elevado de conocimiento, pero por no haberse dedicado a la búsqueda de otras investigaciones, se mantienen en la ignorancia de todo lo demás.   
De esta manera, el que los tres ángulos de un triángulo sean iguales a dos rectos es una verdad tan cierta como cualquier otra pueda ser, y creo que es más evidente que muchas de esas proposiciones que se tienen por principios; y, sin embargo, hay millones que, aunque sean expertos en otras cosas, desconocen esto por completo, porque nunca se disponen a pensar sobre esos ángulos. Y aquél que ciertamente conoce esta proposición, puede, sin embargo, ser también completamente ignorante de la verdad de otras proposiciones en las mismas matemáticas, aunque sean tan claras y evidentes como ésta; todo debido a que, en su búsqueda por esas verdades matemáticas, la persona se detenga y no vaya más allá de ello.   
Igualmente puede suceder respecto a las nociones que tengamos sobre a la Deidad, porque aunque no hay ninguna otra verdad que un hombre pueda encontrar con mayor evidencia que la existencia de Dios, no obstante, quien se conforme con aceptar las cosas tal como las encuentra en el mundo, conforme le halaguen los gustos y las pasiones sin preocuparse por investigar un poco sus causas, sus fines y su admirable disposición, y de reflexionar de manera preocupada y atenta sobre el particular, un hombre así, puede vivir durante largo tiempo sin ninguna noción de Dios. 
Y si alguien, a través de la conversación, le hubiera inculcado semejante noción en su mente, posiblemente creería en ella; pero si nunca se tomó la tarea de examinarla, el conocimiento que haya adquirido no será mejor que el que tuviera una persona a quien habiéndosele dicho que los tres ángulos de un triangulo son igual a dos rectos, lo aceptara sin tener la confianza, sin examinar la demostración. En tal caso, podrá asentir a la existencia de Dios como una opinión probable, pero sin que por eso tenga un conocimiento de su verdad, la cual podría haber alcanzado con claridad y evidencia de haber empleado sus facultades de manera cuidadosa..." [Locke, 1689. An Essay Concerning Human Understanding. Cap. III: § 22]
Locke insistía en es muy importante distinguir entre lo que Dios decreta y lo que los seres humanos pensamos que Dios decreta:
"Me parece una razón muy sólida el afirmar que «puesto que Dios, infinitamente sabio, ha hecho tal o cual cosa, está bien que así sea», pero creo que es «confiar excesivamente en nuestra propia sabiduría el afirmar que puesto que yo pienso que algo es lo mejor, Dios también lo habrá hecho conforme a lo que yo pienso». Y con referencia al asunto que estamos tratando, será inútil intentar demostrar con este argumento que Dios ha impreso en la mente unas ideas innatas, ya que la experiencia cierta nos muestra lo contrario. 
Pero la bondad divina no ha sido remisa con el hombre por no haberle dado esos rasgos naturales del conocimiento o por no haberle impreso esas ideas innatas en su mente, pues le ha proporcionado esas facultades que son suficientes para que descubran ellos mismos todo cuanto es necesario para los fines de este ser; y no dudo que también puede, sin necesidad de principios innatos, llegar al conocimiento de un Dios y a las demás cosas que le conciernen, con lo que se pone de manifiesto que un hombre puede hacer buen uso de sus habilidades naturales.[Locke. 1689. An Essay Concerning Human Understanding. Cap. III: § 18, 22, 23]
A la par de su empirismo, Locke, admitía, al igual que Bacon, Boyle y Newton, que había otra fuente de conocimiento: a saber, la revelación divina, que, al ser proporcionada por Dios, es infalible:
"Sé que existe un derroche de palabrería, fomentado por los escolásticos, sobre las ciencias y las máximas en que éstas tienen su base; pero ha sido mi mala suerte la que ha provocado que nunca me haya encontrado con ninguna de tales ciencias, y mucho menos con ninguna erigida sobre estas dos máximas que establecen «que lo que es, es» y «que es imposible que la mima cosa sea y no sea». 
Mucho me gustaría se me indicara dónde se pueden encontrar tales ciencias erigidas sobre dichas máximas o sobre otros axiomas generales cualesquiera; y me sentiría en deuda con quien me mostrara la estructura y el sistema de una ciencia construida sobre estas máximas u otras similares, de manera que no pudiera mostrarse que este sistema no queda en pie tan firmemente sin hacer consideración de ellas. 
Me pregunto si estas máximas generales no tienen la misma utilidad en el estudio de la divinidad y en los asuntos teológicos que tiene en otras ciencias. Evidentemente, también deberían servir en éstas para acallar a los farsantes y para poner fin a las disputas. Pero creo que nadie afirmará por ello que la religión cristiana se construye sobre estas máximas o que el conocimiento que de ella tenemos se deriva de estos principios. Nosotros lo hemos recibido de la revelación, y sin la revelación estas máximas en nada podrían habernos ayudadoCuando encontramos una idea a partir de cuya intervención descubrimos la conexión existente entre otras dos, esto es una revelación de Dios a nosotros, por la voz de la razón; porque entonces llegamos a conocer una verdad que antes desconocíamos. Cuando Dios nos declara cualquier verdad, ello es una revelación que nos hace a través de la voz de su Espíritu, y de ese modo logramos avanzar en nuestro conocimiento. 
Pero, de cualquier manera, nunca recibimos nuestra luz o adquirimos el conocimiento en virtud de las máximas, sino que, en el primer caso, nos afluye a partir de las cosas mismas, y observamos la verdad en ellas al percibir su acuerdo o desacuerdo. Y en el segundo caso, Dios mismo nos lo proporciona de manera inmediata, y vemos la verdad de lo que dice en su veracidad infalible[Locke, John. 1689. Ensayo sobre el entendimiento humano. Libro IV; 11 (p. 261)].
Contra el espíritu cientifisista, Locke expresaba que, a menos de que nos creyéramos ángeles o dioses, los seres humanos debemos reconocer los límites de las facultades y conocimientos humanos, que son finitos:
"Hay defectos que podemos observar en la memoria de un hombre comparado con otro. Existe otro defecto en la memoria del hombre en general, cuando es comparado con otras criaturas inteligentes de orden superior, las cuales bien pueden exceder en esa facultad al hombre, a tal punto de que les es dado el tener constantemente a la vista el sentido total de todas sus acciones previas, de tal manera que ninguna de las ideas que hayan tenido puedan escapar a su mirada.  
Para convencernos de esta posibilidad, es suficiente la omnisciencia de Dios, quien sabe todas las cosas pasadas, presentes y futuras, y para quien siempre son visibles los pensamientos del corazón de todos los hombres. ¿Porqué quién duda que Dios puede comunicar a esos gloriosos espíritus, que son sus servidores inmediatos, alguna de sus perfecciones, en la proporción que el desee y hasta el punto a que estos seres finitios puedan alcanzar? 
De aquél espíritu prodigioso, el señor Pascal, se cuenta que nunca olvidó nada de cuanto había hecho, pensado o leído a lo largo de su época dorada, hasta que el desgaste de su salud deterioró su memoria. Este privilegio es tan poco frecuente en la mayor parte de los hombres, que resulta increíble que haya quienes miden a todos los demás según su propio parecer, lo cual occurre con bastante frecuencia. Pero si lo consideramos, ese caso excepcional (el de Pascal), puede que nos ayude a ampliar nuestros pensamientos sobre la mayor perfección existente respecto a los órdenes superiores de los espíritus. 
Porque, con todo, el señor Pascal tenía aún la finitud de la mente humana a la que estamos limitados aquí, es decir, la facultad de tener una gran variedad de ideas, sólo una detrás de otra, y no todas por completo. En contraste, puede que los distintos órdenes de ángeles probablemente tengan una visión más amplia y algunos de ellos estén dotados de capacidades que les permitan retener todo cuanto han vivido, y ver constantemente, y de un solo golpe, la totalidad de sus conocimientos previos. Pensamos que esto no significaría gran ventaja para el conocimiento de hombre que cultiva su espíritu: el poder tener siempre presentes todos sus pensamientos pasados y todos sus raciocinios. De ahí, podemos deducir que ésta es una de las formas por las que el conocimiento de los espíritus separados sobrepasa muchísimo al nuestro" [Locke, John. 1689. Ensayo sobre el entendimiento humano. Libro IV; 11 (p. 261)].
Al igual que Voltaire, Locke habló de su certeza en que Dios tiene preparados castigos y recompensas en su juicio; y, por otra parte, como también lo haría Martin Luther King Jr., hizo una distinción entre las leyes divinas, las leyes civiles, y las opiniones populares o costumbres culturales:
"La ley divina es la medida del pecado y del deber: Primero, por la ley divina se entiende la ley que Dios ha establecido para las acciones de los hombres, sea ésta promulgada por la luz de la naturaleza o por la luz de la revelación. Pienso que no hay nadie lo suficientemente bestial como para negar que Dios ha decretado reglas por las cuales los hombres deben vivir. Él tiene derecho de hacerlo, nosotros somos sus criaturas; Él tiene la bondad y la sabiduría para dirigir nuestras acciones hacia aquello que mejor nos conviene, y el poder para hacer efectiva su ley por medio de premios y castigos de un peso infinito, en la otra vida, porque nadie puede sacarnos de sus manos. Esta es la única piedra angular de nuestra rectitud moral. Y comparando sus acciones con esta ley divina es como las personas llegan a juzgar sobre el mayor bien moral o el mal moral supremo que pueden implicar unos actos, es decir, cómo pueden juzgar si, en lo que se refiere a deberes o a pecados, pueden llegar a que el Todopoderoso les haga partícipes de la felicidad o de la desgracia. 
La ley civil es la media de los crímenes y de la inocencia:  En segundo lugar, la ley civil, que es la norma establecida por la comunidad para las acciones de los que pertenecen a ella, es otra regla por la cual los hombres juzgan sus acciones, estableciendo si son o no acciones criminales. Esta es una ley que nadie descuida: las recompensas y castigos que la avalan están a la mano, y guardan proporción con el poder de quien la promulga, es decir, con la fuerza que tiene la comunidad para defender sus vidas, las libertades y los bienes de aquellos que viven de acuerdo con sus leyes y que tienen el poder de privar de la vida, de la libertad y de los bienes a quienes las violen; éste es el castigo de quienes atentan contra esta ley.  
La ley filosófica es la medida de la virtud y el vicio: En tercer lugar, la ley de la opinión o la reputación. La virtud y el vicio se suponen que son nombres que significan acciones buenas o malas por naturaleza, y en la medida en que así se apliquen estos nombres coinciden con la ley divina, más arriba mencionada. Sin embargo, sean cuales fueren las pretensiones que sobre esto haya, lo que podemos observar es que estos nombres de virtud o de vicio, en los casos concretos de su aplicación entre las diversas naciones y sociedades, de los hombres de todo el mundo, se atribuye constantemente sólo a aquellas acciones que, dependiendo de cada país o sociedad, tienen una reputación o un descrédito". [Locke, John. 1689. Ensayo sobre el entendimiento humano. Libro II; XXVIII (p. 149)].
Indagando en la razón del dolor corporal, Locke habló del significado y la utilidad eventual del sufrimiento propio como lo describió en una sección titulada "Fin y utilidad del dolor": 
"Tan eficaz y útil resulta el dolor para hacernos trabajar, como lo es el placer, ya que nos mostramos tan dispuestos a usar nuestras facultades para evitar aquél, como para lograr éste. Y hay algo que merece una consideración especial: que es frecuente que el dolor lo produzcan los mismos objetos y las mismas ideas que nos proporcionan el placer. Pero esta estrecha unión que frecuentemente nos hace sentir dolor en las sensaciones que antes nos resultaban placenteras, nos ofrece un motivo más para admirar la sabiduría y bondad de nuestro Creador, que, al proponerse la continuación de nuestro ser, ha unido el dolor a la aplicación de muchas cosas a nuestro cuerpo, para advertirnos del daño que pueden hacernos, y como aviso para que las evitemos. 
Pero como El no se propuso únicamente nuestra preservación, sino además la de cada parte y órgano en su perfección, ha unido, en muchos casos, el dolor a las mismas ideas que nos complacen. De esta manera, el calor, muy agradable para nosotros en ciertas condiciones de temperatura, resulta un tormento nada común cuando se aumenta un poco; y el más placentero de todos los objetos sensibles, la propia luz, si se da en exceso, si se aumenta más allá de lo que los ojos admiten, produce una sensación especialmente dolorosa. Esto ha sido ordenado por la naturaleza de manera sabia y adecuada, a fin de que cuando cualquier objeto, por la vehemencia de su operación, amenace destruir los instrumentos de la sensación, cuyas estructuras son necesariamente muy delicadas y sutiles, pueda el dolor advertirnos para que nos retiremos antes de que el órgano se destruya totalmente y pierda su aptitud en el futuro para desempeñar sus funciones inherentes. La consideración sobre los objetos que la producen podrá convencernos de que éste es el fin o la utilidad del dolor. 
Además de todo esto, podemos hallar otra razón que explica los motivos por los que Dios ha dispuesto varios grados de placer y de dolor, por defecto y por exceso, en todas las cosas que nos rodean y que nos afectan, mezclándolo en casi todo aquello relacionado con nuestros pensamientos y sentidos, y es que al encontrar nosotros la imperfección, la insatisfacción y la ausencia de una felicidad verdadera en todos los deleites que puede ofrecernos el Creador, nos veamos llevados a buscarla en el goce de aquel en quien «hay plenitud de alegrías y deleites en Su diestra para siempre» [Salmos 16:11]. 
La bondad de Dios anexa placer y dolor a nuestras otras ideas. Aunque lo que he dicho hasta aquí, quizá no pueda aclararnos más sobre las ideas de placer y de dolor de lo que nuestra propia experiencia nos muestra, lo cual es la única forma de que podemos alcanzar estas ideas, no obstante, como la consideración de los motivos por los que se entrelazan a otras muchas ideas puede servirnos para hacernos concebir correctamente los sentimientos sobre la sabiduría y bondad del Soberano Que Dispone todas las cosas; semejante consideración no es inapropiada para el propósito fundamental de estas investigaciones: el conocimiento y la adoración de Él, siendo el principal objetivo de todos nuestros pensamientos y el verdadero objeto de todo nuestro entendimiento"  [Locke, John. 1689. Ensayo sobre el entendimiento humanoLibro II;  Cap. VII§ 4, 5, 6].
Hablando de la interpretación de las Escrituras, Locke concordaba con Galileo en la infalibilidad de sus verdades y en la falibilifad de sus intérpretes. Al respecto, comentó:
"Estoy seguro de que la significación de las palabras en todos los idiomas, puesto que depende mucho de los pensamientos, de las nociones y de las ideas de quien las usa, debe causar inevitablemente gran incertidumbre entre los hombres que tienen un mismo idioma y viven en el mismo país. Esto es tan evidente en los autores griegos, que el que examine sus escritos encontrará en la mayoría de ellos un lenguaje distinto, aunque usen las mismas palabras. Pero cuando a esta dificultad natural en todos los países, se añaden las de países diferentes y edades remotas, en las que hablantes y escritores tenían nociones muy diferentes, al igual que temperamentos, costumbres, ornamentos y figuras retóricas, etc., cada una de las cuales influyeron en el significado de sus palabras, entonces, aunque para nosotros se hayan perdido y resulten desconocidas, resultará adecuado que seamos caritativos los unos con los otros respecto a nuestras interpretaciones o malos entendidos de esos autores antiguos; pues sus escritos, por muy importante que resulte el comprenderlos, están sujetos a las inevitables dificultades relativas al discurso, el cual (si exceptuamos los nombres de las ideas simples y algunas otras cosas totalmente obviar,) no es capaz de comunicar al oyente el sentido y la intención del hablante de una manera indubitable y cierta, a no ser que haya una definición constante de los términos. Y en discursos sobre religión, leyes y moralidad, como se trata de asuntos de un interés muy elevado, existirá una dificultad en consonancia con esa elevación. 

En especial, en las escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento; los muchos volúmenes de intérpretes y comentaristas del Antiguo y Nuevo Testamento no son sino pruebas claras de esto. Aunque todo lo que está escrito en estos textos sea infaliblemente verdadero, sin embargo el lector puede, o mas bien, no puede sino ser muy falible al intentar entenderlo. Ni es extraño que la voluntad de Dios, cuando está expresado por medio de palabras, esté expuesta a esa duda e incertidumbre que inevitablemente acompaña a esa clase de comunicación, puesto que incluso su Hijo, mientras estuvo revestido de forma humana, estuvo sujeto a todas las fragilidades e inconveniencias de la naturaleza humana, a excepción del pecado. Y debemos magnificar su bondad, puesto que ha evidenciado ante el mundo caracteres tan legibles de su obra y de su providencia, y porque ha dotado a la humanidad de suficiente luz y razón para que aquellos a quienes nunca llegó la palabra escrita no pudieran (siempre y cuando la buscaran) dudar de la existencia de Dios, ni de la obediencia que se le debe. Y puesto que los preceptos de la religión natural son sencillos e inteligibles para cualquiera, y pocas veces llegan a ser controvertidos, y puesto que otras verdades reveladas, que nos han sido comunicadas por libros y lenguajes, están expuestas a las dificultades comunes y naturales y a las oscuridades inherentes a las palabras, encuentro que debemos ser más cuidadosos y diligentes en la observación de los anteriores preceptos, y menos magistrales, [im]positivos e imperiosos a la hora de interpretar esas otras verdades" [Locke, John. 1689. Libro III. Del Ensayo sobre el Entendimiento Humano. Capítulo IX: Acerca de la Imperfección de las palabras. § 23]
En contra del materialismo, Locke escribió:
"Dios, como fácilmente se puede entender, llena la eternidad; y resulta difícil encontrar una razón por la cual un hombre pudiera dudar de que Él, de la misma manera, también llena la inmensidad. Su Ser infinito es ciertamente tan ilimitado en un sentido como en otro, y me parece que es concederle excesivo peso a la materia, el afirmar que, cuando no hay cuerpo, no hay nada" [Locke, John. 1689. Ensayo sobre el entendimiento humano. Cap. XV. § 3].
Reconociendo la omnisciencia de Dios, comentó:

"Podemos concebir la duración eterna del Todopoderoso completamente diferente de la del hombre, o de la de cualquier otro ser finito. Porque el hombre no comprende en su conocimiento o en su poder todas las cosas pasadas y futuras: sus pensamientos no se refieren sino al ayer, y desconoce lo que le traerá el mañana. Lo que ya ha pasado nunca podrá revivirlo, y lo que está por venir no puede hacerlo presente. Lo mismo que digo del hombre, lo puedo decir de todos los seres finitos, quienes, aunque puedan exceder mucho al hombre en conocimiento y poder, no son, sin embargo, más que míseras criaturas comparadas con el mismo Dios. Lo finito, o cualquier magnitud equivalente, no guarda ninguna proporción con lo infinito. Como la duración infinita de Dios, viene acompañada de un conocimiento infinito y de un poder infinito, Él puede ver todas las cosas pasadas y futuras, y no están más alejadas de su conocimiento, ni más remotas de su vista, que el presente: todas caen bajo su misma mirada, y no hay nada que El no pueda hacer que exista en el momento que lo desee. Porque, como la existencia de todas las cosas depende de Sus deseos, todo existe en el momento en que Él cree conveniente que debe existir" [Locke, John. 1689. Ensayo sobre el entendimiento humano. Cap. XV. § 12].

En el Libro IV, Cap. 17, p. 23, Locke hace una distinción entre aquello que se considera "conforme a la razón", "contrario a la razón" y "por encima de la razón", explicándolo de la siguiente manera:
"
I. Conforme a la razón son aquellas proposiciones cuya verdad podemos descubrir al examinar y rastrear esas ideas que tenemos a partir de la sensación y reflexión, y por deducción natural, encontramos que son verdaderas o probables. 
II. Por encima de la razón son aquellas propociciones cuya verdad o probabilidad no podemos, por medio de la razón, inferir a partir de esos principios.  
III. Contrarias a la razón son las proposiciones que son inconsistentes o irreconciliables con nuestras ideas claras o distintas.  
Por tanto, la existencia de un solo Dios es conforme a la razón, la existencia de más de un Dios es contraria a la razón; la resurrección de la muerte está por encima de la razón." [Locke, en Ramsey, 1958:10]
4. Dos tratados sobre el gobierno civil (1690)

En 1690, nuestro personaje en cuestión publicó dos tratados más sobre la filosofía política. Uno de ellos era el Second Treatise of Government (1690), (conocido en español como el "Segundo tratado del gobierno civil"), en el cual, Locke incorporaba múltiples referencias bíblicas al hablar sobre la interpretación de los derechos naturales. 
En el capítulo V, Locke defendía firmemente el derecho a la propiedad, partiendo de un concepto en línea con en el excepcionalismo humano dentro de la Creación. Asemejándose a Hugo Grotius y a Samuel Pufendorf, Locke armonizaba la llamada ley natural con la revelación bíblica, dado que ambas, insistía, se originan en Dios y, por tanto, no se contradicen, sino que se apoyan mutuamente:
"Tanto si consideramos la razón natural, la cual nos dice que los hombres, al ser engendrados, tienen derecho a su autoconservación y, en consecuencia, a comer, a beber y a beneficiarse de todas aquellas cosas que la naturaleza procura para su subsistencia, como si nos atenemos a la revelación, la cual nos da cuenta de aquellos dones que Dios otorgó a Adán, a Noé y a sus hijos, es por mucho evidente que Dios, como dice el rey David (Salmos CXV. XVI), «ha dado la tierra a los hijos de los hombres», birndándola a toda la humanidad en común. 
Mas, admitido esto, a algunos les resulta muy difícil entender cómo podría un individuo particular tener posesión de cosa alguna, Sólo me limitaré a responder que, si es difícil justificar ia propiedad partiendo de la premisa de que Dios entregó el mundo a Adán y a su posteridad para que todos lo tuvieran en común, sería también imposible que nadie, excepto un monarca universal, tuviese propiedad alguna si suponemos de que Dios dio el mundo a Adán y a sus sucesores directos, excluyendo al resto de la humanidad. Pero busco demostrar cómo los hombres pueden llegar a tener en propiedad varias parcelas de lo que Dios entregó en común al género humano; y ello, sin necesidad de que haya un acuerdo expreso entre los miembros de la comunidad.
Dios, que ha dado en común el mundo a los hombres, también les ha dado la razón, a fin de que hagan uso de ella para conseguir mayor beneficio de la vida, y mayores ventajas. La tierra y todo lo que hay en ella le fueron dados al hombre para soporte y comodidad de su existencia. Y aunque todos los frutos que la tierra produce naturalmente, así como las bestias quede ellos se alimentan, pertenecen a la humanidad comunitariamente, al ser productos espontáneos de la naturaleza; y aunque nadie tiene originalmente un exclusivo dominio privado sobre ninguna de estas cosas tal y como son dadas en el estado natural, ocurre, sin embargo, que, como dichos bienes están ahí para uso de los hombres, tiene que haber necesariamente algún medio de administrarlos antes de que puedan ser utilizados de algún [mal] modo o resulten beneficiosos [sólo] para algún hombre en particular..." [Locke, 1690. Segundo Tratado sobre el gobierno civiltrad. por Mellizo]
Como señala  Waldron (2002:27), influidopor (Genesis 1:27), Locke profesaba la igualdad, no solo en cuestiones de nacionalidad, sino también en cuestión de sexo.

Por otra parte, recordando un pasaje del Antiguo Testamento, comentó lo siguiente sobre la cuestión de justicia en el tribunal terrenal y el tribunal celestial:

"...Donde hay una autoridad, un poder terrenal del que puede obtenerse reparación apelando a él, el estado de guerra queda eliminado y la controversia es decidida por dicho poder. Si hubiese habido un tribunal así, alguna jurisdicción terrenal superior para determinar justamente el litigio entre Jefté y los amonitas, nunca habrían llegado a un estado de guerra; mas vemos que Jefié se vio obligado a apelar al Cielo: «En este día —dice— sea el Señor, que es también Juez, quien juzgue entre los hijos de Israel y los hijos de Ammón» (Jueces XI. 27); y tras decir esto, basándose en su apelación, persiguió al enemigo y condujo sus ejércitos a la batalla. 

Por lo tanto, en aquellas controversias en las que se plantea la cuestión de «¿Quién será aquí el juez?» no quiere decirse con ello «quién decidirá esta controversia»; pues todo el mundo sabe que lo que Jefié está aquí diciéndonos es que «el Señor, que es también Juez», es el que habrá de decidirla. 

Cuando no hay un juez sobre la tierra, la apelación se dirige al Dios que está en los Cielos. Así, esa cuestión no puede significar «quién juzgará si otro se ha puesto en un estado de guerra contra mi, y si me está permitido, como hizo Jefté, apelar al Cielo para resolverla». Pues en esto soy yo el único juez en mi propia conciencia, y soy el que, en el gran día, habrá de dar cuenta al Juez Supremo de todos los hombres[Locke, 1690. Segundo Tratado sobre el gobierno civiltrad. por Mellizo]

Los tratados lockeanos sobre los gobiernos, afirmando que se necesita el consentimiento de los gobernados, fueron influencias fundamentales para la Declaración de la Independencia Estadounidense y la búsqueda de la democracia en posteriores esquemas occidentales.

5. Algunos pensamientos sobre la educación (1693)

En esta otra obra de índole pedagógico, Locke sugería, de la misma manera en que lo haría María Montessori, que a los hijos o estudiantes se les debe inculcar, desde muy pequeños, la fe en Dios, reconociéndole como un Ser Todopoderoso, un Padre Celestial amoroso, el Creador y Hacedor de la vida y un Dios personal:
"Considero a la virtud como la primera y más necesaria cualidad que pertenecen a un hombre o caballero, como un requisito absolutamente necesario para hacer que sea valorado y amado por otros, aceptable o tolerable para sí mismo. Sin ella, pienso, no se será feliz ni en este mundo ni en el venidero.  
Como fundamento de ésta, debe imprimirse muy pronto en su mente una verdadera noción de Dios, como el Supremo Ser independiente, Autor y Creador de todas las cosas, de Quien recibimos toda buena dádiva, Quien nos ama y nos da todas las cosas. Y como consecuencia de esto, hay que instilar en él un amor y reverencia hacia este Ser Supremo... 
Sólamente dejemos que se diga esto según la ocasión: que Dios hizo y gobierna todas las cosas, oye y ve todas las cosas, y hace todo tipo de bien a aquellos que lo aman y lo obedecen; usted encontrará, que al hablar de Dios de esta manera, otros pensamientos más exactos acerca de Él vendrán a su mente con la suficiente rapidez; que a medida que observe que cometen un error, se deberá rectificar. Y creo que sería mejor que los hombres generalmente descansaran en tal concepción de Dios, sin ser demasiado curiosos en sus nociones acerca de un Ser que todos debemos reconocer como insondable; porque muchos que no tienen la fuerza y claridad de pensamiento suficientes como para distinguir entre lo que pueden y lo que no pueden saber, se extravían en supersticiones o en ateísmo, haciendo a Dios como a sí mismos, o (porque no pueden comprender nada más) como ninguno en absoluto. Y me inclino a pensar que mantener a los niños constantemente en la mañana y en la tarde con actos de devoción a Dios, como su Creador, Preservador y Benefactor, de una forma simple y concreta de oración, adecuada a su edad y capacidad, será de mucho más beneficio en la religión, el conocimiento y la virtud, que si se distraen sus pensamientos con preguntas curiosas sobre su esencia y ser inescrutable.
Teniendo así por suaves decretos, como verán que lo percibe, esta idea impresa de Dios en su mente, y habiéndole enseñado a orar a Él y a alabarlo como el Autor de su ser, y de todo el bien que se hace o se puede disfrutar; hay que procurar no hablar de otro discurso sobre otros espíritus, sino hasta que la mención de ellos proceda con la marcha, en ocasiones en que en adelante necesiten ser enseñadas, y hasta que la lectura de la historia en la Escritura despierte su interés en ello." [Locke. Ensayo sobre el entendimiento humano; Cap. XXI: Sobre la creencia en Dios como fundamento y virtud, § 135,136, 137.]
Asimismo, Locke lamentó la decadencia de la moral y expresó su anhelo de que la sociedad restableciera la piedad cristiana:
"El vicio, si podemos creer las lamentaciones generales, madura tan pronto en nuestros días, y se desenvuelve tan temprano entre los jóvenes, que es imposible proteger a un niño contra el contagio invasor del mal si le abandonáis a sí mismo en un rebaño de niños, y si dejáis al azar o a su inclinación el cuidado de escoger sus compañeros. Por qué causas fatales el vicio, en estos últimos tiempos, ha hecho tan grandes progresos entre nosotros, y por manos de qué hombres ha sido nutrido en su dominio soberano, dejo a otros que lo averigüen. Deseo que aquellos que se lamentan de la decadencia de la piedad cristiana y de la virtud y de la insuficiencia de la instrucción y de la falta de saber que caracteriza a los jóvenes de esta generación, hagan esfuerzo para buscar los medios de restablecer todas estas cualidad en las generaciones siguientes[Locke. Ensayo sobre el entendimiento humano; (Véase en Locke, 1986: Sección 10, p. 101)]
Además de todo esto, Locke dedicó un capítulo completo en el que habla "Acerca de nuestro conocimiento sobre la existencia de Dios", en el cual, refuta las especulaciones materialistas sobre el origen del universo, y plantea argumentos epistemológicos, lógicos y filosóficos, para profesar la creencia en Dios, y demostrar la irracionalidad del ateísmo.



6. La racionalidad del cristianismo (1695)

En 1695, Locke publicó The Reasonableness of Christianity, que siglos más tarde sería traducida al español como La racionalidad del Cristianismo, "La razonabilidad del Cristianismo" y "Sobre la racionalidad de la religión cristiana". Este fue el último escrito de Locke que alcanzó mayor notabilidad, y en él, dejaba entrever su creciente interés en los asuntos relacionados a la salvación:
"La preocupación por los ternas de religión, muy acentuada en los últimos años de Locke, le llevó a escribir, aparte de la ya mencionada Racionalidad del cristianismo (que es su principal obra sobre el tema)" (Lorenzo, 1992: XIX).
Allí, el autor buscaba reivindicar la Revelación Divina interpretada de modo que se evitara toda imputación de superstición humana (Gómez, 2004:36). Para él, una base fundamental que mostraba la autoridad de la Biblia era el cumplimiento histórico de sus profecías, aunque en el libro se examinaban a detalle los escritos canónicos del Nuevo Testamento. Desde esta base;
"La Racionalidad del Crisianismo es una obra teológica de gran originalidad y perspicacia. Es el trabajo de un autor que con facilidad manejaba el texto griego del Nuevo Testamento, versado con sus contenidos y contextos, y sofisticado con métodos de exegésis bíblica, refinada a través de la aplicación de métodos empíricos diseñados para extraer el claro sentido histórico del texto; histórico no solo en el sentido de que las interpretaciones figurativas o alegóricas se evitan, sino también, y primeramente, en cuanto a la atención que se le da al tiempo y espacio y circunstancias de los escritos del Nuevo Testamente y las características estilísticas de sus autores como medios indispensables para comprenderlos... combinó la aspiración del reformista, obrando en nombre de un Cristianismo purificado y unido, con las actitudes imparciales  y objetivas como requisitos para un estudio histórico, y con el sincero deseo del irenicista de descubrir un camino fuera de los conflictos internos de la religión.   
La tesis de la Racionalidad es que el cristianismo, o la religión cristiana "tal como se describe en las Escrituras" es razonable. Locke presenta a la religión cristiana muentras descubre en los libros históricos del Nuevo Testamento, en los cuatro Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, aquello que provee del contexto para un entendimiento de la predicación del evangelio de Jesús y los Apóstoles asignados por él. Estos libros son las fuentes primarias de evidencia que apoyan su premisa. La afirmación de que el Cristianismo es razonable no implica que la verdad de la religión cristiana no sea supernatural y en muchos aspectos por encima de la razón. Mas bien, es, en gran parte, que ser un cristiano es la mejor y la más provechosa, y por lo tanto, la más razonable elección de vida... Si queremos saber lo que debe ser un cristiano, entonces, nuestra mejor fuente es la predicación Mesiánica y Apostólica.... 
Aquellos a quienes se les predicó el Evangelio fueron amonestados al arrepentimiento y se les hizo un llamamiento a creer en el Evangelio; y lo que debían creer es que Jesús es el Mesías, el único enviado por Dios para hacer el trabajo de redención... Un mesías es un rey y decretor supremo de leyes, así que aceptar que Jesús es el Mesías implica más que solo asentir que esto es un hecho; requiere que uno reconozca su dominio y se esfuerce sinceramente en obedecerlo en todas las cosas. Porque ninguna otra autoridad para nuestro conocimiento de la predicación del evangelio puede ser mayor que su presentación original, siendo que fue una revelación de Dios, y no meramente una transmisión de segunda mano de ésta; y porque ningún otro recuento de ésta es más clara o directa, lo cual, Locke aseguraba que la predicación mesiánica y apostólica permanecía como el estándar de toda predicación evangélica, aún en su propia época, y permanecería hasta el fin del mundo como el recuento de mayor autoridad del cristianismo fundamental" [Nuovo, Victor; en Locke, John. 2012. John Locke: Vindications of the Reasonableness of Christianity. Oxford University Press, pp. XXVI-XXVII]
Más a fondo, Ramsey (1958:21-22) nos brinda una sinopsis del libro en cuestión, recopilando las tesis y posturas teológicas que allí plasma John Locke:
a) Sobre la necesidad y el significado del Evangelio: La Ley y la Fe 
  • Locke examina el significado de la caída de Adán, de un perfecto estado de obediencia, a la pérdida de la felicidad plena y la inmortalidad que se infiere que habría tenido, de haberse quedado en el Paraíso. 
  • Fue la muerte (no la culpa ni la necesidad de pecar) lo que, por medio del pecado de Adán, cayó sobre todos los seres humanos.  
  • A pesar de todo, la Biblia confirma que cada persona pagará conforme a sus obras, según lo declarado por Dios en las profecías y visiones. 
  • Por lo tanto, la muerte terrenal en cierta forma podría decirse un castigo, pero en forma real, no lo es, pues significa que la dádiva de esta vida es acortada. 
  • Aunque todos mueren por causa de Adán, los humanos solamente serán condenados o castigados por los propios pecados que ellos mismos han hecho. 
  • El hombre solo puede ser restaurado al estado original por medio de Cristo.  
  • Sin embargo, por medio de las obras de la ley mosáica, nadie podría ser justificado, porque de otra manera la muerte de Cristo no sería efectiva.  
  • De esta manera, hay otra ley: la ley de la fe [o lo que Pablo llama "la Ley de Cristo"], que deja de lado la parte ceremonial y política del antiguo testamente, no alterando el gobierno moral de las cosas que son justas, sino mas bien, brindando redención del fallo que tuvimos en lograr la obediencia absoluta.
  • Obedecemos la ley de la fe cuando creemos que Jesucristo es el Mesías. Esta es la gran proposición que se fue envuelta en controversia. 
  • Para persuadir a las personas perdidas, Jesucristo realizó milagros. La resurrección es fundamento indudable que provee sustento al Mesianismo de Cristo. 
b) Sobre la enseñanza de los apóstoles: 
  • Los Apóstoles predicaron a los que les escuchaban la fe en que Jesús es el Mesías y todos los otros títulos estaban subordinados a esta premisa, y fueron comprendidas en términos de ésta. 
  • "Mesías" e "Hijo de Dios" eran, por ejemplo, términos sinonímicos. 
  • Juan el Bautista declaró que Jesús es el Mesías, lo cual, también fue la declaración implícita dada de Jesús en el momento de su bautismo.  
c) Sobre Jesús como Mesías: el modelo de su ministerio y predicación: 
  • El Mesianismo se presta a ser proclamado de tres formas básicas: 1. Milagros 2. Frases indirectas, y 3. Frases directas. Esto último se eludió en público para que Jesús viviera una vida que fura conforme a lo que las profecías marcaban sobre Él.  
  • Hubo otras razones por las que Jesús se guardó de profesar expresamente con palabras directas que Él era el Mesías; pero las Escrituras dan testimonio sobre Él. 
  • El modelo entero de la enseñanza de Cristo fue uno en el que se daba oportunidad a que las Escrituras proféticas fueran cumplidas 
  • La elección de los apóstoles y la última de las escenas de la Vida de Nuestro Señor son todas apropiadas para el modelo completo de su ministerio mesiánico.  
  • El Mesianismo es plenamente expresado una vez que las profecías bíblicas se cumplieron, al haber resucitado Cristo.
d) Sobre la Fe y las Obras: 
  • Locke examina la pregunta: ¿La sola creencia de que Jesús es el Mesías es una fe que justifica o salva? 
  • Si fuera así, razona, ¿qué hay de los demonios que creían que Jesús era el Mesías? Es claro, por lo enseñado por Cristo, que indispensable el arrepentimiento, como un requisito inaludible.
  • Más aún, la creencia en que Jesús es el Mesías necesita ser demostrada no solo con el arrepentimiento sino también con una vida en santidad. La Fe no suplanta a la Ley, pero la fe debe estar acompañada con las acciones propias de la misma. 
  • Locke explora lo que se requiere que crea un cristiano verdadero. De aquí en adelante desarrolla lo que se requiere que un cristiano haga, y esto lo hace, una vez más, basándose en los mandatos de Nuestro Señor Jesús.
  • El cristiano necesita mostrar que vive en arrepentimiento, mantener los preceptos morales (no civiles) del Antiguo Testamento; sin embargo, también necesita vivir "la enseñanza de Nuestro Salvador", que nos habla de la necesidad del amor y la caridad, y, particularmente, de una vida de moral cristiana que sea practicada, para que verdaderamente podamos ser dignos de ser tomados en cuenta como siervos de Jesús en el Día del Juicio Final. 
Específicamente, Locke resaltaba la importancia de la obediencia a Jesucristo como un requisito para la salvación. Esto lo sustentaba con numerosísimas referencias bíblicas, y en un fragmento citaba la parábola de la gran cena del Señor, de la cual, Locke comentaba:

"....Aquellos que fueron invitados, vinieron, y tenían el vestido de bodas; esto es, oyeron el evangelio, creían que Jesús era el Mesías, y sinceramente obedecieron sus leyes.   

Tres tipos son claramente representados aquí; en la cual, sólo los últimos eran los bienaventurados que iban a disfrutar el reino preparado para ellos....Mateo 23; Lucas 21:34, Lucas 21:25; Juan 13:34; Juan 14:15, 23, 24; Juan 15:8...

Vemos que nuestro Salvador no sólo confirmó la ley moral y, que, limpiándola de las glosas corruptas de los escribas y fariseos, mostró el rigor, así como la obligación de sus mandatos; sino que también, al mismo tiempo, requiere la obediencia de sus discípulos a los varios de sus mandamientos que él presenta ante ellos, con el refuerzo de recompensas y castigos indecibles en otro mundo, según su obediencia o desobediencia. No hay, pienso, ningún deber moral que él no haya inculcado a sus seguidores, en algún lugar o en otro, por él mismo y sus apóstoles, en términos expresos. ¿Y es por nada que él es tan insistente con ellos en que hay que dar fruto? 

¿Será que Él, su Rey, ordena, y esto es una cosa indiferente? ¿O será que la felicidad o miseria de éstos no depende en absoluto de ello, sin importar si se obedece o no? Ellos estaban obligados a creerle en que era el Mesías; prometió que la fe que es de la gracia sería para tenerlos en cuenta, para la formalizacion de su justicia, en lo que era defectuosa; mas la justicia, o la obediencia a la ley moral de Dios, era su gran asunto, el cual, si pudieran haber alcanzado por sus propias actuaciones, no habría habido necesidad de esta provisión de gracia, en recompensa de su fe. Pero la vida eterna, después de la resurrección, había sido su deber por medio de un antiguo pacto, incluso el de las obras; cuya regla nunca fue abolida, aunque el rigor fue aplacado. 

Los deberes impuestos les eran deberes todavía. Sus obligaciones no cesaron, ni una negligencia voluntaria de ellos fue alguna vez permitida. Mas sus transgresiones pasadas fueron perdonadas a quienes recibieron a Jesús, el Mesías prometido, como su rey; y sus futuros tropiezos serían cubiertos, si renunciaban a sus antiguos pecados, entraran en su reino, y continuaran sus acciones con una resolución firme y esforzándose por obedecer sus leyes morales. Esta justicia, por lo tanto, una completa obediencia y libertad del pecado, todavía debe buscarse sinceramente después. Y en ninguna parte se promete que aquellos que persistan en una desobediencia voluntaria a sus leyes morales serán recibidos en el gozo eterno de su reino, sin importar cuánto digan creer en él. 

¿Cómo se podría alguien dudar lo que es una obediencia sincera, teniendo escrúpulos de llamarla así, con una condición de nueva alianza o de fe que lee el sermón de nuestro Salvador en el monte y omite todo lo demás? ¿Puede haber cosa más expresa que estas palabras de nuestro Señor?:

Mateo. VI. 14"Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial os perdonará también: pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas" 
Y Juan XIII:17: "Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis"
Estas son unas condiciones tan inindispensables en el nuevo pacto, que, creer en Jesús y no hacerlas, ni será de provecho, ni será aceptable. Nuestro Salvador conocía los términos en los que iba a admitir a los hombres en la Vida: "¿Por qué me llamáis, Señor, Señor", dice él, en Lucas VI. 46 "y no hacéis lo que yo digo?
No es suficiente creer que él es el Mesías, el Señor, si no se le obedece. Porque a los que habla aquí, eran creyentes, lo cual es evidente por lo que se dice entre líneas: en Mateo VII, 21-23 se registró así: 
"No todo aquél que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino aquél que hace la voluntad de mi padre que está en los cielos ".
Ningún rebelde ni refractarios desobediente serán admitido allí, sin importar cuanto  hayan creído en Jesús, a tal grado de ser capaces de hacer milagros en su nombre, lo que se expresa con las siguientes palabras: 
"Muchos me dirán en ese día, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?.  Entonces yo les declararé: Nunca os conocí; apártense de mí, obradores de iniquidad."
Esta parte del Nuevo Pacto, también los apóstoles, en su predicación del evangelio del Mesías, ensamblaron con la doctrina de la fe" [The Reasonableness of Christianity; p. 121-122]
Poco después de su publicación, la obra fue criticada en un libro escrito por el clérigo estadounidense Jonathan Edwards, quien, a pesar de sus enérgicas predicaciones sobre conversión, creía, entre otras cosas, en el calvinismo y en la imputación de pecado de Adán a sus descendientes, cosas que Locke rechazaba citando escrituras bíblicas a la mano.

En respuesta, Locke preparó una segunda parte titulada "Vindication of the Reasonableness of Christianity", publicada en noviembre del mismo año. Esta vez, el escrito fue mucho más extenso, y en él, rechazaba las imputaciones que Edwards le hacía, desarrollaba más sus afirmaciones teológicas sustentadas con muchos versículos bíblicos, defendía la teología del "Señorío de Jesucristo" y reafirmaba la salvación por medio de la fe en Cristo, con la evidencia de obras, sin la necesidad de que las organizaciones religiosas fueran intermediarias o impusieran preceptos ajenos a la doctrina establecida por el Salvador.

En dichos escritos, Locke insistía en que los hombres no pueden esperar entender los requerimientos detallados de la ley natural, sin considerar las enseñanzas y seguir el ejemplo de Jesús (Waldron 2002:12). Igualmente, que no se podía esperar entender las doctrinas detallados de las Escrituras, sin asistencia del Espíritu Santo.

7. Una paráfrasis y notas sobre las Epístolas de San Pablo a los Gálatas (1706)

De la lista de manuscritos y notas religiosas que se brindó al principio, Locke tuvo la oportunidad de incorporar algunos de pensamientos en los escritos ya citados; sin embargo, antes de morir, también dejó instrucciones precisas a su primo y heredero Peter King, sobre las obras y comentarios que aún no se habían podido publicar:
"Varias obras más sobre cuestiones religiosas que no llegó a publicar, pero que aparecieron pronto póstumamente. Las más destacables de éstas son sus Paraphases of the Epistles of St. Paul, que se publicaron sólo un año después de su muerte" (Lorenzo, 1992: XIX-XX)
Con esto, la primer obra póstuma de Locke fue el tratado teológico "Una paráfrasis y notas sobre las Epístolas de San Pablo a los Gálatas, 1a y 2a de Corintios, Romanos, Efesios, a las cuales es adjunta un ensayo para el entendimiento de las Epístolas de San Pablo, consultando al mismo San Pablo. Esta obra alcanzó notoriedad por un breve tiempo, fue republicada rápidamente en los años siguientes y fue incluida en una colección de las obras completas de John Locke.

En esta obra Locke parafraseaba los escritos paulinos hallados en el Nuevo Testamento, y, en una paráfrasis de Gálatas 6:14-16, escribía:
".. En cuanto a mí, todo lo que se diga de mí, Dios me libre de gloriarme en cosa alguna, sino solo en tener a Jesucristo, quien fue crucificado, como mi único Señor y Maestro, el cual tengo que obedecer y del cual dependo totalmente en lo que hago, sin respecto a ninguna otra cosa, de forma que estoy totalmente muerto para el mundo, y el mundo muerto para mí, y no tiene más influencia sobre mí de lo que tendría si éste no estuviera. Porque respecto a la obtención de un lugar en el Reino de Jesucristo, y a los privilegios y ventajas de esto mismo, ni la circuncisión ni la incircuncisión, diferencias externas de la carne, tienen uso alguno de cualquier cosa, sino solo la Nueva Creación, en el cual, por un medio de cambio absoluto, se dispone una persona a justicia y a la verdadera santidad en las buenas obras. Y a todos aquellos que caminan por esta regla, es decir, solo la nueva creación y no la circuncisión, ese provecho bajo el Evangelio, la Paz y la Misericordia, será sobre ellos, siendo éstos el Israel que es verdaderamente el Pueblo de Dios" 
[Locke. 1707. A paraphrase and notes on the Epistles of St. Paul to the Galatians, I & II Corinthians, Romans, Ephesians. To which is prefix'd, an essay for the understanding of St. Paul's Epistles, by consulting St. Paul himself. Londres. Awnsham & Churchill, p. 75]
Otro ensayo póstumo fue el Discurso sobre los milagros, donde Locke define un milagro en términos de un evento que el observador percibe más allá de la comprensión humana, y que da testimonio de la misión divina de la persona que lo realiza. Al igual que para los científicos Samuel VinceLeonhard Euler y Charles Babbage, los milagros jugaban un rol importante en sus creencias religiosas, como prueba de la verdad de la revelación cristiana y confirmación de profecías que tenían que cumplirse:
"...Para saber que una revelación viene de Dios, es necesario saber que el mensajero que la entrega es enviado por Dios, y eso no puede ser conocido, sino por algunas credenciales que le había dado por Dios mismo. Veamos, entonces, si no será que los milagros, en el sentido que propogo, pueden representar tales credenciales, y (por consiguiente) dirigirnos infaliblemente a la búsqueda de la revelación divina.... 
De los que han venido en el nombre de un sólo Dios verdadero, asegurando traer una ley suya, sólo tenemos en la historia un informe claro de tres, a saber, Moisés, Jesús y Mahoma. Porque lo que dicen los persas de su Zoroastro, o los hindúes de su Brahma (por no mencionar todos los cuentos extravagantes de las religiones del lejano oriente), es tan oscuro, o tan manifiestamente fantasioso, que no se puede hacer ninguna referencia a ello.
Ahora bien, de los tres antes mencionados, Mahoma no hizo ningún milagro (no los necesitó para la confirmación de su mensaje; así que las únicas revelaciones que fueron atestiguadas por milagros son las de Moisés y Cristo, y éstas se confirman recíprocamente, el asunto de los milagros, como se basa realmente en hechos, no conlleva ninguna dificultad; y creo que los más escrupulosos o escépticos no puede sacar de los milagros la menor duda contra la revelación divina del Evangelio... 
...al que viene con un mensaje de Dios para entregarlo al mundo no se le puede negar la credibilidad si confirma su mensaje con un milagro (pues estas pruebas dan derecho a ello). Porque cualquier pensador racional debe concluir, como hizo Nicodemo: "sabemos que eres un maestro enviado por Dios, pues ningún hombre puede hacer las cosas que tú hiciste, si Dios no está con él" ["Discourse on Miracles", cit. en Locke, John. 1992. La conducta del entendimiento y otros ensayos póstumosVolumen 15 de Textos y Documentos. Clasicos del Pensamiento y de Las Ciencias. Anthropos Editorial. p. 313; trad. por M. Lorenzo, Ángel]
Otra colección de escritos lockeanos sería compilada por Alfred Howard, en un la colección titulada "Las Bieaventuranzas de Locke, constando de Selecciones de Sus Obras Filosóficas, Morales y Teológicas". Allí, se cita un pasaje en el cual el británico, con un ánimo Cristo-céntrico, criticaba el iglesianismo, y reivindicaba la intermediación única entre Cristo y el cristiano:
"He buscado, con mi propia información, el verdadero significado, en tanto que mis pobres habilidades puedan alcanzar. Y he abrazado imparcialmente lo que, en base a una indagación justa, llegó ante mí. Si debo creer por mí mismo, es indiscutible que debo entender por mí mismo. Porque si yo, ciegamente, y con una fe implícita, tomara la interpretación que el papa tiene sobre la sagrada escritura, sin examinar si en realidad se conforma al significado que le dio Cristo, entonces sería el papa en quien yo creo, y no en Cristo; sería su autoridad en la que me baso; sería lo que él dice lo que yo abrazo; porque lo que es dicho por Cristo, en tal caso yo no conocería ni me preocuparía.  
Ocurre lo mismo cuando pongo a cualquier otro hombre en lugar de Cristo y lo hago mi propio intérprete auténtico de la sagrada escritura. Puede que él, posiblemente, entienda la sagrada escritura de forma tan correcta como cualquier otro hombre: pero me haría bien en examinarme a mí mismo, para ver si aquello que no conozco, o mejor dicho, lo que asumo que no puedo llegar a conocer, puede convertirme en su discípulo, en vez de ser discípulo de Cristo, el cual es el único que está en lo correcto y debe ser mi único Señor y Maestro; y no sería menor sacrilegio para mí el sustituirme para mí mismo a cualquier otro en Su lugar, ya sea desde un profeta mío, hasta mi rey o mi sacerdote." [Locke, John. "Implicit Faith"cit. en. The Beauties of Locke, Consisting of Selections from His Philosophical, Moral, and Theological Works (1834); ed. por Howard, Alfrd; Londres: T. Tegg. pp. 73-74] 
Finalmente, en una histórica colección biográfica de sus cartas y escritos, se comentarían los últimos momentos terrenales del que siglos más tarde sería conocido como uno de los filósofos más importantes de la historia:
"Los últimos catorce o quince años de su vida los pasó en la casa rural de Sir Francis Masham (a unas veinticinco millas lejos de Londres), llamada Oates, en el condado de Essex. Cómo ocupó este tiempo de su retiro es algo que el señor P. Coste, un caballero muy cercano a él, que pasó mucho tiempo en su compañía, nos da recuento: "Durante este agradable retiro", dice él, "se aplicó especialmente en el estudio de la santa Escritura, y casi no utilizó los últimos años de su vida sino solo en ello. Nunca se cansaba de admirar las grandes visiones de ese libro sagrado, y la justa relación de todas sus partes; él cada día hacía nuevos descubrimientos sobre ella, que le daban una fresca causa de admiración. Se reporta mucho en Inglaterra que estos descubrimientos serán comunicados al público... " 
El comienzo del verano, generalmente era para él un tiempo de recuperación con respecto a su salud, pero al regreso de esa época, inmediatamente antes de su deceso, se encontró con que su fuerza le fallaba a tal grado de que, a menudo, a menudo decía, aunque con gran compostura, que preveía que su muerte estaba cerca. Con el tiempo, sus piernas comenzaron a inflamarse, y a medida que la inflamación aumentaba, su fuerza disminuía. En medio de su enfermedad, declaró que él "estaba en sentimientos de perfecto amor hacia los seres humanos, y de una sincera Unión con la Iglesia de Cristo sin importar el nombre con el que se le distinguiera." Exortó a Lady Masham, que estaba sentada a lado de su cama, que "considerara este mundo solamente como un estado de preparación para uno mejor". 
Él frecuentemente recomendaba la diligente lectura de las escrituras, a las cuales les tenía una pasión inusual, y parecía que tenía un profunda y agradecido sentido del sentido de bendiciones con los que Dios le había favorecido, declarando su resignación a la Voluntad de Dios, en sus firmes Esperanzas y Promesas. El 26 de octubre de 1704, el señor Coste lo encontró en su armario, arrodillado, pero tan débil, que era incapaz de levantarse sin ayuda. Al siguiente día continuó en cama, y deseándole ser recordado en las oraciones vespertinas, la señora Masham le dije que, si quería, la familia entera vendría y oraría por él en su habitación, lo cual, él aceptó gozosamente. 
Enseguida dio unas instrucciones necesarias con mucha serenidad, y a una ocasión ofreciendo mención de la Bondad de Dios, exaltó poderosamente la Grandesa de ese Amor que murió para abrir un Camino para la Restauración de la humanidad, y exclamó: "¡Oh, la profundidad de las riquezas de la Bondad y el Conocimiento de Dios!" y agradeció de manera enérgica  por haber sido llamado al Conocimiento de su divino Salvador. Asimismo animó a los que estaban con él a leer las Escrituras diligentemente, y aplicarse sinceramente en la práctica de todos sus deberes... 
No durmió esa noche, pero en la mañana se quiso levantar. Cumpliendo esto, fue llevado a su sala de estudio y colocado en una silla donde dormitó y dormió un poco. Poco después, pareciendo que estaba algo reanimado, se vistió de la manera en que lo hacía usualmente... escuchando a Lady Masham leer de los Salmos con voz baja; él pidió que se le leyeran más fuerte, lo que se hizo, y a lo cual, puso gran atención, hasta que, sintiendo que se acercaban los dolores de la muerte, pidió que se pausara, y poco después expiró, el 28 de octubre de 1704" [Locke, ed. por Molyneux & Lomborch. 1742. pp. 6-8] 
Después de su muerte, el famoso poeta y escritor de himnos cristianos, Isaac Watts, dedicó unos versos líricos en memoria de este gran Creyente Intelectual:


"¿Y debe el hombre de mente maravillosa
(Cuyos ricos pensamientos solo han sido refinados)
Olvidar nuestros ojos que anhelan?

La razón a la larga se somete al desgaste
Las alas de la fe ¡he aquí! se levantan
Su carruaje elevado, y noblemente llevado
Su profeta va a los cielos

Ve, amigo, y espera el vuelo del profeta;
Observa si su manto da ocasión a la luz
Y tómalo para ti"
(Works, 1753: 385)




Bibliografía:
* La traducción del ensayo y la carta sobre tolerancia fue cotejada con la traducción de Carlos Mellizo al español (1999), y la traducción de William Popples al inglés (1689). Una versión de la obra original en latín se encuentra disponible en Google Books.

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