sábado, 1 de noviembre de 2014

William Vernon Harcourt: El Cordero es el Principio y el Fin

William Vernon Harcourt-Venables (1789-1871) fue el científico fundador de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, y, a la vez, un reverendo anglicano, canónigo de la catedral residencial de York, decano de Chichester, y más tarde rector en la Iglesia de Bolton Percy.

Hijo del arzobispo anglicano de York, Inglaterra, William buscó desde inicio una carrera clerical, y logró ingresar a Christ Church, en la Universidad de Oxford, donde se graduó en 1811. No obstante, allí, Vernon desarrolló un interés por la ciencia, siendo influido en la geología por conferencias de William Buckland y el trabajo de William Conybeare, y en la química por John Kidd. Logró una relación cercana con el decano de Oxford, Cyril Jackson, y posteriormente, recibió instrucción privada de dos grandes químicos célebres, William Wollaston, y Humphry Davy, que se volvieron amigos suyos.

En 1814, se ordenó como clérigo y comenzó una fructífera trayectoria eclesiástica en pueblos cerca de York. Fue ministro religioso en Bishopthrope (1814-1824; 1835-1838); en Wheldrake (1824-1834); y en Bolon Persy (1838-1861). En 1824, fue elegido como el predicador de York, donde fue activo hasta 1863. Fue el Primer Presidente de la Sociedad Filosófica de Yorkshire (1823-1831), e impulsó la fundación del Museo de Yorkshire. En 1824, Harcout fue elegido Miembro de la Sociedad Real de Londres, que entonces era la organización científica más importante del país. 

Cuando a principios de 1831, David Brewster sugirió que se realizara una reunión de hombres británicos de ciencia, Harcout sobresalió como el principal fundador de la Sociedad Británica para el Avance de la Ciencia. Propuso el nombre de la organización, diseñó la constitución rectora, e, influido por las lecturas de Francis Bacon, esbozó ideas para la conformación y dirección de ésta, delineando el plan general de los procedimientos que implementaríaLa reunión constitutiva tuvo lugar en York, en 1831, y entre los firmantes de la constitución se contó a Brewster, Charles Babbage, John Herschel y James F. W. Johnston. Una vez fundada oficialmente,  ideó mecanismos para la divulgación de la ciencia fungiendo como secretario general de la misma de 1832 a 1837. Más tarde, cuando la asociación se reunió en Birmingham, en 1839, Harcourt fue elegido el Presidente de la misma, y ocupó dos años el cargo.

Harcourt, a la vez, estuvo interesado en impulsar la educación religiosa. En 1855, publicó "Salmodias simétricas", un libro de himnos cristianos reformados. En el área científica, sus contribuciones a la geología fueron reconocidas por el alemán Justus von Liebig en la década de 1840, y G. G. Stokes reconció sobre "Las investigaciones sobre el vidrio del fallecido Reverendo W. V. Harcourt" en la revista Nature.

Una colección póstuma de los sermones religiosos de Harcourt fue publicada como "Sermones, con un prefacio introductorio de W. F. Hook" (1873). Allí, se encuentra una sobresaliente predicación titulada "El Primero y el Último", basada en un versículo bíblico:
  • "Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; Yo soy el primero y el último;  y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, Amén. Y tengo las llaves del infierno y de la muerte." (Apocalipsis 1:17)
Harcourt escribió: 
"Cuando la oscuridad cubrió la tierra desde la sexta hora hasta la novena, y Jesús exclamó por segunda vez con gran voz y dijo "Consumado está"; "Padre, en Tus manos encomiendo mi espíritu;", mientras inclinaba su cabeza y entregó el espíritu, los soldados romanos que lo escoltaban estaban pasmados de la energía sobrehumana de ese espíritu que partía y con los prodigios que ocurrieron con su partida; porque en ese momento, el sol fue eclipsado y la tierra tembló, y las rocas se abrieron, y las tumbas se abrieron y mostraron sus muertos. Y el centurión y los que estaban con Él, al ver lo que era hecho, y al oírlo clamar, exclamaron: "¡Ciertamente este era un hombre justo! ¡Ciertamente era el Hijo de Dios!,  y se convencieron a causa de la portentosa escena que aquél que estaba sufriendo tormentos tan agonizantes era un hombre de virtud exaltada y un favorito del Cielo; fue la misma la impresión de las mentes de todas las multitudes que habían venido a ver, quienes "al observar lo que había acontecido, se regresaron golpeándose el pecho."  
Pero cuando la multitud se dispersó, había «una persona» que se quedó allí situada a los pies de la cruz, observando todavía el cuerpo de su amigo y señor que había partido, aún cuando la espada había atravesado su costado, y la sangre y el agua que se derramó no dejaban duda de que había cesado la vida. ¿Y cuáles, hermanos, debieron haber sido los pensamientos de este hombre? 
No hablo de sus sentimientos naturales, su corazón herido, y esperanzas desilusionadas; estos sentimientos seguramente debieron haber estado en el pecho de aquél que apenas antes había estado aprendiendo en el regazo de Jesús, y había aspirado a sentarse a su diestra en Su reino, y en su celo había deseado que el cielo cayera del cielo sobre aquellos que se negaban a recibir a Su Señor, de aquél cuya cálida sensibilidad de temperamento vemos que transpira en cada página de sus escritos; estos sentimientos, naturales para un discípulo tan amado como lo era este, debieron haber estado al máximo cuando escuchó las lamentaciones que demostraban la extremidad de la angustia, "¿Dios mío, Dios mío, porqué me haz abandonado?". Más yo hablo sobre sus pensamientos religiosos; porque esa no era una escena que solamente afectaba sus sentimientos naturales; había algo en ella con un terrible carácter de solemnidad religiosa. Estas mismísimas palabras fueron el lenguaje de la escritura sagrada, y todo lo que expresó Jesús, y todo lo que hizo, hizo referencia a la palabra profética de Dios.  
¿Cuáles, entonces, se supondría que serían los pensamientos religiosos de San Juan en aquellos momentos? Que oscuros y misteriosos debieron parecer ser los caminos de la Providencia, si nos imaginamos e que se hayan reflejado así: ¿Cómo es el que el justo es olvidado? Porque este Hombre fue justo más allá de la medida de la humanidad. ¿Cómo es que Dios ha olvidado a los suyos? Una y otra vez una voz desde el cielo ha sonado en nuestros oídos, diciendo "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia", y otra vez, cuando, apenas, lo escuchamos orar a Su Padre para "glorificarlo con la gloria que había tenido antes de que el mundo comenzara," la misma voz respondió a esta oración; pero ahora Dios lo había olvidado, y aquél que confió que "redimiera a Israel" había expirado en nuestra vista. 
Tal es, hermanos, el hilo de pensamientos que parece haber tenido lugar en las mentes de los discípulos más cercanos de Cristo en esos momentos en los que, todavía, no entendían que el se levantaría de los muertos; tal fue el lenguaje de aquellos dos que conversaron respecto a Su muerte en el camino de Emaús, y cuando María Magdalena, en el primer día de la semana, fue a aquellos que habían estado con Él mientras lamentaban y lloraban, y les dijo las buenas nuevas de su resurrección, que, sin duda, mientras tenían impresiones melancólicas sobre el glorioso y bendito momento para los seguidores del Salvador, aún estaban entristeciendo sus corazones a tal extensión, que cuando escucharon que Él estaba vivo y había sido visto por ella, no lo creyeron. 
Aquí hay, entonces, que hacer un pausa por un momento para reflexionar en esto; que en el mismo acto de olvidar, como parecía, al Hijo Justo, Dios estaba preparándolo para una gloria muchísimo mayor que la que tenía antes de que el mundo comenzara, hasta la gloria de guiar a muchos hijos al mismo estado de gloria, y en esa hora de oscuridad, cuando las mentes de los discípulos estuvieron más abatidas y desconfiaron más de la Providencia de Dios, en esa misma hora se forjó su salvación. 
Sin embargo habían dos de sus números que, ante este, al primer anuncio de que el cuerpo de Jesús ya no estaba en el lugar en el que se había dejado, corrieron para comprobar el asunto, y aquél que había sido el último en dejar la cruz fue el primero en llegar al sepulcro, y vio, y creyó. 
Después de esto, él estuvo presente en cuatro ocasiones cuando Cristo se mostró a sí mismo a Sus discípulos y conversó con ellos; y ha descrito detalladamente las circunstancias de tres de estas conversaciones con rigorosas pruebas que se proporcionaron sobre la identidad de Su persona y sustancia. 
Demos gracias a Dios, hermanos, por haber sido coronados con evidencia de nuestra religión con el testimonio satisfactorio de esto. Es a mi juicio la más alta confirmación de nuestra fe, que tenemos el registro de un real testigo presencial, el registro de el amado discípulo sobre los hechos y la muerte de la resurrección de aquél "que vive y estaba muerto, y está vivo por los siglos de los siglos, y tiene las llaves del infierno y la muerte." 
Ahora permítanme atraer su atención a las palabras previas de este texto extraordinario: "Yo soy el primero y el último."  Los dos siguientes pasajes en las Revelaciones son similares a esta: "También me dijo: "Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tiene sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida." y "Por tanto, Yo vengo pronto, y Mi recompensa está conmigo para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Ultimo, el Principio y el Fin." 
Comparemos estos con el presente texto, que traduzco más literalmente de lo que se da en nuestra versión de la Biblia: "Yo soy el primero y el último, y Aquél que Vive; y yo morí, y he aquí que estoy vivo por los siglos de los siglos."
Sabemos, hermanos, quién es Aquél que Vive, aquél que tiene la vida en Sí mismo; sabemos quien es el que "vendrá pronto, y recompensará a cada cual según sus obras"; sabemos quien es aquél que "murió y vive por los siglos de los siglos". 
Es Jesús, por lo tanto, el que habla; es Jesús a quien el amado discípulo describe aquí como uno "a uno semejante al Hijo del Hombre, con Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana, tan blancos como la nieve; y sus ojos como llama de fuego; Sus pies se parecían al bronce bruñido cuando se le ha hecho refulgir en el horno, y Su voz como el ruido de muchas aguas. En Su mano derecha tenía siete estrellas, y de Su boca salía una espada aguda de dos filos. Su rostro era como el sol cuando brilla con toda su fuerza. Cuando Lo vi, caí como muerto a Sus pies. Y El puso Su mano derecha sobre mí, diciendo: "No temas, Yo soy el Primero y el Ultimo."  
Y una vez más cuando leemos "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, dice el Señor, el que Es, y el que fue, y el que está por venir". Encontramos estas palabras claramente describiendo al Dios Altísimo, tan íntimamente mezclado con la descripción de nuestro Señor y Salvador Jesucristo; que es imposible desunirlos; es imposible hacer cualquier división entre aquél que dice "Yo soy el principio y el fin, el que estuvo muerto, y el que está vivo," y aquél que habla el mismo lenguaje de las profecías de Isaías: "Yo soy el primero y yo soy el último, y fuera de mí no hay Dios." 
La misma gran verdad aquí expresada completamente en las Revelaciones de San Juan no es insinuada vagamente en su Evangelio, donde el relaciona la respuesta de Cristo a la pregunta "¿Haz visto Abraham?"; "Antes de que Abraham fuese, Yo Soy"; y otra vez en la oración que ya he aludido, "Padre,  glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese," y más distintivamente en el prefacio a su evangelio: "En el principio era la Palabra y la Palabra era con Dios, y la Palabra era Dios; todas las cosas fueron creadas por Él, y sin Él, nada de lo ha sido hecho fue hecho; y en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres."  
En medio de estas visiones sobre la naturaleza del Redentor, a las que llevó en la perfección de la era en Cristo, San Juan nunca perdió de vista la escena que había testificado en el Calvario, u en las visiones con las que fue favorecido, cuando él miró sobre aquél "cuyo nombre es llamado la Palabra de Dios, que tenía en Sus vestiduras el nombre escrito "Rey de reyes y Señor de Señores", él vio que estaba "vestido en ropa teñida de sangre", cuando escuchó la bendición y la gloria, y el honor, y el poder entregadas por los siglos de los siglos por cada criatura que está en el cielo y en la tierra, y debajo de la tierra; siendo entregada "al Cordero que fue inmolado." 
Mas ahora hermanos, ¡cuánto contraste hay en estas ideas de la supremacía divina con el presente sufrimiento mental en el humano! Si la injusta, y dolorosa e ignominiosa cruz era antes un misterio, cuando la víctima era considerada un hombre justo, amado, y sin embargo olvidado por el cielo, ¿que hay de cuando se sabe que el que sufrió es divino?; un misterio, sin duda, diez veces mayor.  
Sin embargo, es suficiente en sus consecuencias prácticas inteligibles. Fue entendido por los profetas antiguos; "Él fue traspasado", dice Isaías, "por nuestras transgresiones, fue molido por nuestras iniquidades, el castigo, por nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas somos sanados." San Juan dice igual "Él es la propiciación ´por nuestros pecados." "La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado." Habla de esto tanto como el profeta lo había hecho, y no dice más; y es cierto que esto no va tan lejos como para explicar las causas de este método misterioso de nuestra redención; no van tan lejos como para explicar porqué Dios quiso salvarnos al poner en aflicción a su único Hijo, y hacer Su alma un ofrecimiento por el pecado; no va tan lejos como para satisfacernos si es que queremos entretener el deseo vano de desentrañar los caminos inescrutables del Todopoderoso, pero sitúa una conexión, hermanos, dos verdades o hechos de la religión, que son inescrutables a toda capacidad, y que, tan conectados, están cargados con las consecuencias más importantes. 
Porque si creemos que Jesús fue una persona de tan alta dignidad como para ser la misma imagen del Dios de la naturaleza, y de tener "un nombre escrito cuyo nombre ningún hombre conoce," solo para ser descubiertos por títulos que ninguna criatura se atreve a asumir, y si creemos con todo que él bebió la copa de la ira de Dios, y sufrió todos los dolores y aflicciones de la humanidad, incluso hasta el final, y murió por nuestros pecados, que no pudieron retener por cuyas verdades que son desconocidas o imperceptibles; y por lo tanto así es que, como todos los escritos del amado discípulo están permeados en cada parte por las doctrinas de la divinidad y la expiación de Cristo, también no están menos impregnadas con aquellas exhortaciones serias para evitar el pecado, y aspirar al grado más alto de perfección humana, que propiamente pertenece a tales verdades. "Todo el que tiene esta esperanza puesta en El, se purifica, así como El es puro." "Y sabéis que Él se manifestó para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él." "Cualquiera que es nacido de Dios no practica el pecado." "Cualquiera que permanece en Él, no peca." "Cualquiera que peca no le ha visto ni le ha conocido." "Estas cosas os escribo para que no pequéis," pero él agrega: "si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo." 
Y aquí, hermanos, hay una segunda consecuencia de estas grandes verdades, no menos importante para nosotros como un aliento que la advertencia previa. Que a esta posible naturaleza, frágil y culpable del pecado incluso en su estado más alto de perfección, miremos con esperanza y confianza de que su esperanza de perdón está fundada en una propiciación tan vasta y en un defensor tan poderoso.  
Este amado discípulo nos enseña a ver en Jesús al autor de nuestro ser y la esperanza de nuestro fin: a ÉL miramos como el primero y el último que ha tomado parte en nuestra naturaleza con todas sus tentaciones y lágrimas, en medio de todas tribulaciones aquí, en medio de perspectivas ansiosas que no podemos sino desechar para el futuro, qué ayuda podría ser tan firme, qué consolación tan dulce para el creyente sincero y penitente de esto, en que «Jesús», quien fue el primero y será también el último, quien es y quien está por venir.
Porque verdaderamente Él viene otra vez, no sin temor, viene a juzgar al mundo, y todo ojo lo verá, y también aquellos que lo traspasaron, Él viene en verdad a traer venganza a aquellos adversarios que lo han traspasado con sus pecados y han crucificado al Hijo de Dios de nuevo; más a aquellos que "aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo"; a aquellos que "aman su venida", él aparecerá una segunda ocasión para salvación, y ellos estarán delante del trono y delante del Cordero, vestidos con ropas blancas y palmas en sus manos, y el número de ellos será diez mil veces diez mil y miles de miles; y ellos dirán a gran voz: "Digno es El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza." "Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación." *
Bibliografía

Jack Morrell, ‘Harcourt, William Venables Vernon (1789–1871)’, Oxford Dictionary of National Biography, Oxford University Press, 2004.

G. G. Stokes, ‘The late Reverend W. V. Harcourt's researches on glass’, Nature, 4 (1871), 351–2·

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